XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
04 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Entre los muchos profesores que me tocaron en suerte, recuerdo con especial cariño a uno que, teniendo encomendada la enseñanza de latín, dedicaba enormes esfuerzos a introducirnos en la música clásica. Algunos años más tarde, cuando estudiaba en Madrid, también tuve la fortuna de coincidir con la etapa de oro del Teatro Real, que, por la módica cantidad de diez pesetas, facilitaba la asistencia a los conciertos que ofrecían la Orquesta Nacional de España y la Orquesta de la RTVE, que colaboraban con los directores y maestros solistas más prestigiosos del mundo. Claro que no todo eran ventajas y placeres. Porque las murgas y charangas de baja calidad se me hicieron insoportables, y tuve que hacer enormes esfuerzos para acostumbrarme a escuchar -con cara de placer- los pasacalles y conciertos de las fiestas de Forcarei. Y es que, por muy patriota que uno se ponga, resulta muy difícil pasar de la Sinfonía Fantástica de Berlioz al pasodoble Rolandito, por más que el maestro Oro Val haya acertado con las formas musicales que mejor recompensan la técnica artesanal de nuestras bandas. Lo mismo sucede, mutatis mutandis, con las cosas de la política. Porque, metido a analizar las causas y consecuencias del rebrote terrorista internacional, y empeñado en hacer los distingos y definiciones que nuestros políticos soslayan, me resulta cada vez más difícil situar en su justo valor las pequeñas chorraditas que jalonan nuestra campaña electoral: fantásticos planes de obras que llegan con diez años de retraso y otros diez de adelanto, ministros de Aznar que reparten la acción de gobierno con el mismo estilo y criterio con el que Andrade o Bó repartía calderilla en las rúas de Pontedeume, partidos que no tienen claro si quieren ganar o perder, y fantasmas políticos que recorren los caminos en nombre de las izquierdas desunidas y del utópico galeguismo de centro. Tanto vale descalificar a Beiras como insultar a Suso de Toro, sin dar más respiro que el que es necesario para introducir ñoñas polémicas sobre los censos, el carrexo electoral, la «L» de A Coruña y la herencia de Cuiña. ¡Y así no hay manera! Mientras el mundo habla de las Twin Towers y el atentado de Toulouse, y mientras los juegos de guerra derribaban un Tupolev sobre el mar Negro, nuestros políticos salían a las plazas para cumplir con el caduco gesto de la pegada de carteles. Y, aunque seguí la escena con la misma cara de satisfacción que le pongo a las bandas que tocan en Forcarei, confieso que el paso de Bush a Cuiña se parece mucho al salto que media entre Berlioz y José Oro. Por eso ayer noche tuve la sensación -¡Dios me perdone!- de ver a Fraga, Touriño y Beiras, con traje azul y gorra de plato, desfilar por mi calle tocando Rolandito.