ALFONSO DE LA VEGA
24 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Con el sugestivo, casi olvidado, término de mohatra se denomina cierta modalidad clásica de picaresca. Un pícaro llamado mohatrero se pone de acuerdo con su compinche al que se acredita de entendido para avalar falsamente el valor de un objeto o actividad frente a terceros. Ahora, la mohatra, más que con la satisfacción de necesidades reales de la gente como en el pasado, tiene que ver con la metafísica del dinero, concebido como ente abstracto, que en el actual mundo de la globalización y la hegemonía de lo financiero, ya no es la tópica contracorriente que mueve la rueda de bienes y servicios. Su propósito es emanciparse de la economía real, convertirse en un universo casi autónomo regido por sus propias leyes. El paraíso del valor de cambio frente el cada vez más arrumbado valor de uso, propio del universo de las cosas realmente útiles a la Humanidad. La mohatra de las nuevas tecnologías paradójicamente requiere opacidad y necesita explotar la fe en los representantes del Poder y en su instrumento intelectual, ciertos economistas y abogados que ejercen de nuevos teólogos supuestamente capaces de distinguir entre herejía y ortodoxia al tratar los sutilísimos misterios de ese valor de cambio. Algunos hasta realizan milagros como hacerlo desaparecer y mostrarlo luego en lugares remotos. El Dinero es dios y Gescartera su profeta. Como antes los nuevos valores bursátiles cuyas excelentes virtudes tanto se glosaron y han hecho perder hasta la camisa a media España alegre y confiada. Dinero es confianza. Confianza es Poder. Poder es información y capacidad de comunicación. Pero también lo contrario, capacidad de ocultación y simulación. Mas por eso también Poder en España frecuentemente significa intento de control sobre el ámbito judicial para arrogarse impunidad. Existe una impunidad doctrinal, constitucional, que es la que consagra a los monarcas constitucionales como irresponsables por definición. Pero fuera de estas ficciones jurídicas, en el mundo de los súbditos es preciso establecer mecanismos de legalidad formal para realizar la voluntad de dominio y enriquecimiento. Y agujeros negros para el dinero y la responsabilidad penal, que permitan burlar las normativas que no hay voluntad de aplicar, y si todo fallase inhabilitar al juez justiciero. La moda organizativa empresarial e institucional del momento es lo que llaman, con perdón, el outsourcing. Paguemos para que otros hagan fuera lo que nosotros no queremos hacer dentro. Y ya que no queremos o no podemos garantizar la calidad, solvencia o fidedignidad de nuestros actos o datos, que otros, a los que hemos dado legitimidad, los garanticen, auditen o certifiquen por nosotros. Claro que no todos estos casos son mohatras, pero si ocurriera una desfeita grave, así habría un cabeza de turco para pagar los platos rotos, que permita salvar lo que don Mario Conde llamaba el Sistema. El infante don Juan Manuel, experto en pícaros, hace siete siglos quiso dejar en uno de sus apólogos una profecía de esperanza. Aquél en que la Verdad enterrada bajo el frondoso árbol de la Mentira se decidía un día a salir a la luz derribando dicho árbol con todos los que crecen a su sombra. Así sea.