CARLOS G. REIGOSA
24 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.En estos tiempos, si uno no escribe sobre la guerra que viene, no parece un periodista serio. Por ello he arrumbado (o sólo aplazado) mis pensamientos más sutiles y profundos sobre Penélope Cruz, Gescartera, Isaac Stern (el violinista que se nos fue del tejado al cielo), la Bolsa (o la vida), doña Lucía Echevarría (esa escritoraza de la nada que, al parecer, oculta su impotencia literaria en el magma de la intertextualidad), la Liga de fútbol, etcétera. Como diría Jordi Pujol, ninguno de estos asuntos toca ahora. Sobre la guerra que viene sabemos poco, y ni siquiera estamos seguros de que lo sepan sus adalides, que no acaban de cifrar públicamente los objetivos de su Justicia Infinita, que, sin embargo, ya ha recibido el respaldo de los Gobiernos más importantes. En tiempos pasados (ayer como quien dice) se afirmaba que era preferible una paz injusta a una guerra justa. Fue, por ejemplo, la filosofía de la guerra fría. Pero los tiempos han cambiado y hemos vuelto a Maquiavelo: «Una guerra es justa cuando es necesaria». ¿Quién se atrevería a decir hoy que nunca hubo una guerra buena, ni una paz mala? Lo escribió Benjamín Franklin en 1773, pero... ¿se atrevería a sostenerlo hoy?