SUSANA FORTES
23 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Hay lugares a los que uno llega desconociendo hasta su nombre: ciudades próximas a la carretera por las que pasamos con sueño, tratando de imaginar, por un momento, como será la vida de las gentes que las habitan y cuál será nuestro futuro en ellas. Ante la ventanilla se van sucediendo veloces los letreros de neón de los moteles que empiezan a encenderse a un lado y a otro durante kilómetros, una gasolinera, árboles, nubes aún rosadas hacia el oeste, casas con porche, medio ocultas entre el ramaje, de repente, un rascacielos solitario a la orilla de un lago con las cornisas de cristal clavadas en el firmamento. Así llegué una noche de septiembre al sur de Louisiana en la tierra de aluvión arrastrada por el río Mississippi. Nunca hubiera podido imaginar que a una hora precisa del día siguiente, todas las sirenas del país harían saltar sus alarmas rítmicas e hirientes. Martes, 11 de septiembre. Autobuses amarillos transitan por las calles repletos de niños durmientes. La mañana es luminosa. Todavía no hay nada en el aire que permita adivinar las horas que se avecinan. Preparo el café, abro el grifo de la ducha. Y en apenas cuestión de segundos los sonidos se multiplican: el pitido de la cafetera, el teléfono, el timbre de la puerta, todo al mismo tiempo. Van llegando amigos que también acaban de enterarse: franceses, mexicanos, belgas, españoles... En la pantalla del televisor, nubes oscuras, muy densas, cubren los últimos pisos de las torres gemelas de Nueva York. Nadie sabe exactamente qué está ocurriendo. La expresión de la gente no es aún de pánico, sino de desconcierto. Vemos como una auténtica avalancha humana abandona Manhattan a pie por el puente de Brooklyn. Ha caído la segunda torre. Algunas cadenas empiezan a retransmitir los primeros testimonios. Tras la ventana, las calles de esta ciudad sureña, apenas transitadas, ofrecen un aspecto casi dominical. Entre la Nelson Avenue y la McNesse, el cielo es un rectángulo perfectamente azul. Pero ya no es posible usar el teléfono, todas las líneas están ocupadas y las conexiones de Internet bloqueadas. En cada casa el epicentro se ha trasladado al interior de los televisores. El presidente acaba de comparecer ante las cámaras: «Aquellos que han declarado la guerra a los Estados Unidos han elegido su propia destrucción». Bush dixit. Última hora: una bandada de flamencos rosas y de pelícanos planea sobre el lago. Anochecer. Alguien recuerda unos versos de Walt Witman a orillas del Hudson y piensa en Nueva York. Y piensa también en el cielo de otras ciudades, en los hombres y en las mujeres que las habitan. El horizonte de plomo. Todo incierto. Todo a punto de quebrarse.