XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
22 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Es posible que la idea de una guerra contra los terroristas haya surgido de la necesidad de dar una satisfacción al pueblo americano. Su objetivo fundamental era decir que la herida es dolorosa pero curable, y que nadie puede ofender a América sin pagar un alto precio. Aunque, una vez iniciada la operación, también se hizo la no menos importante advertencia de que el vuelo en zigzag del Air Force One se hizo de acuerdo con los cánones establecidos, y que no hay crisis de liderazgo en la primera potencia militar del mundo. La intención era esa, sin duda, pero las consecuencias fueron mucho más lejos, ya que la línea expeditiva de Bush provocó un sin número de réplicas hechas por halcones de menor cuantía que, además de extender el clima prebélico en todos los estratos políticos y económicos de la sociedad occidental, están haciendo casi imposible el intento de matizar tan improvisado discurso. El segundo paso fue la concreción de un enemigo que pudiese hacer de sujeto pasivo de la inmediata victoria aliada. Y fue ahí cuando el recurso a Bin Laden se hizo insuficiente, hasta obligar a poner en el punto de mira a todo el sistema talibán y al régimen afgano. Contra Bin Laden no se puede hacer una guerra, pero contra Afganistán sí. Y por eso se les puso ante un dilema de resolución imposible, que a nosotros nos sirve para definir el digno fin de la guerra: acabar con los talibán y reconstruir Afganistán. Una idea que yo compartiría plenamente si no hubiese llegado después de años de ignominioso olvido, y con un tufo a oportunismo que casi la invalida. Diplomacia y fuerza El tercer avance vino provocado por la necesidad de hacer creíbles la amenazas. Y por eso se preparó la clásica tenaza entre diplomacia y fuerza, que, al menos en teoría, debería funcionar como una vacuna contra la guerra. El resultado es, sin embargo, que todo el oriente musulmán está clamando por la Guerra Santa, y que países de difícil equilibrio político y militar, como Pakistán, Irán e Irak, están sufriendo increíbles tensiones que los ponen al borde de la catástrofe. El cuarto paso lo dieron los talibán, que, después de pasar algunos días mareando la perdiz, llegaron a un acuerdo que tiene la doble virtud de poner en un brete a Bush -¡a ver si te atreves, cobarde!- y de soliviantar hasta el extremo a los países islámicos -¡la Guerra Santa no se hace por patrias, sino por Alá!- ya que, además de dejar al aire las estrategias de doble moral, crea un caldo de cultivo inmejorable el fundamentalismo. Por si todo esto no fuese suficiente, la OTAN también escogió este momento para activar su cláusula número 5, como si quisiese complacer sobremanera al socio mayoritario, y un sin fin de países se apresuraron a hacer dejación total de su soberanía y a poner todo el sistema militar a disposición de Bush, antes incluso de que éste lo explique todo en foro adecuado. Finalmente -los buenos programas terminan como empiezan- el propio presidente americano se ocupó de ningunear a la ONU, haciendo que la crisis se convierta en un argumento de su inutilidad en vez de serlo de su crucial importancia. Por eso estamos donde nadie quería ni imaginaba estar. Porque esto es lo que se llama la espiral de la violencia, que una vez puesta en marcha, crece ya de forma autónoma, y nadie puede pararla. Para más inri, el tiempo no se detiene, y juega, como acostumbra, en contra de la aparente racionalidad inicial de los discursos bélicos. Y hoy empezamos a saber que aquella masacre, a pesar de ser mucho más cruel de lo que podíamos imaginarnos, resultó ser mucho menos histórica y novedosa de lo que inicialmente se dijo, y que, además de estar llena de precedentes casi olvidados, no aportó ningún dato que no figurase cien veces en los ordenadores del Pentágono. Y eso hace mucho más dramática la guerra que se avecina. Porque sólo será histórica por sus propios efectos, y no por la causa que la provocó.