BLANCA RIESTRA
01 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Hay cosas que resultan incomprensibles. Una de ellas es el paso desigual del tiempo. ¿Quién no recuerda aquellas largas tardes de domingo en casa de los abuelos cuando el vuelo de las moscas tejía en el aire redes de pereza y uno -que era niño- pensaba ojalá pase esto para siempre y sea ya mayor y libre de todas estas tertulias y estos bollos y estas tazas de té y estos taquitos de queso de bola y vino Savín? ¡Qué lentitud la de la infancia y qué aburrimiento¡ El aburrimiento era entonces tan pesado e irritante que cada vez que veo a un niño exasperado correteando alrededor de un banco, descamisado y exhausto, o tirando de la manga de su madre que parlotea indiferente y sorda con otra mujer también sorda e indiferente en plena calle, niños -en fin- descabellados y aburridos, los compadezco con todo mi corazón y me sublevo. El aburrimiento mata, señora. Dicen que el tiempo transcurre cuesta abajo y que a medida que nos hacemos mayores pasa más deprisa, pero yo me resisto a creerlo. Y es que los buenos momentos siguen pasando a toda velocidad y los nefastos remolonean y se remansan como si su intención fuese la de prolongar hasta el infinito nuestra agonía. Momentos que duran: la jornada de trabajo, el invierno, los dolores de muelas, los exámenes, el desamor, la vergüenza, el terror de la muerte en las noches de insomnio, el insomnio, el hambre cuando se hace régimen, las náuseas de la resaca. Momentos fugaces: la risa, las noches gloriosas cuando la luna se posa en tu mano como una naranja encendida, un amor que se derrama como dinamita, la alegría de encontrar la palabra justa, la frescura del mar y el sol de los veranos. Bergson afirmaba que el tiempo no es uniforme y que se estira y se concentra arbitrariamente. Habría así momentos que duran toda una vida y momentos prácticamente inexistentes. Intento pensar en qué momento me gustaría quedarme anclada para siempre y decido que, sin duda, me decantaría por la euforia intemporal de un martes en Lavapiés. Quedarme para siempre anclada en Lavapiés un martes de invierno cuando, sin poder ni querer salir, de camino a casa, me encuentro con un par de amigos. Los amigos van a algún lado pero nunca llegan, se quedan en el centro del atardecer convenciéndome de naderías y yo asiento. El cielo está oscuro, hace frío, estoy despeinada y ojerosa pero, entre cañas y vengas, me encuentro jugando a los chinos en algún antro de la Cava Baja. Yo no sé por qué pero llegamos a un punto en que todo es concordia y la hermosura de los suelos henchidos de servilletas y serrín me habla de Dios y de tiempo y de locura. Óscar nos explica cómo Jerjes conquistó el mar, Hilario dice que el bien es oscuro y que la verdad no existe y Rédouane recuerda, melancólico, sus Ardenas espesas y arboladas. Y terminamos la noche en algún lugar de La Latina, asqueados de tabaco y de cerveza, sentados muy juntos en un banco corrido con varios maletillas y un gitano feo y desdentado a quien acompañan sus primos y una niña que es su hija y mañana no irá al colegio y el gitano se arranca por seguiriyas y nos deja a todos muertos suspendidos de una flecha concéntrica que atraviesa el círculo y caza mil pájaros en una red invisible de redes, de pura imperfección perfecta, de puro aire concentrado en su límite.