MIGUEL ANXO FERNÁNDEZ TRIBUNA
29 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Entre 1959 y el 2000, fue el marqués de Bradomín en las Sonatas de Bardem, el mago César en La hora bruja de Armiñán, el cura Pedro Gailo en Divinas palabras de García Sánchez, el viejo emigrante Fabián en Gallego, del cubano Octavio Gómez, el hidalgo Wenceslao Corredoira en A noiva de medianoite de Antonio Simón, un veterano farero en Water easy reach del noruego Bent Hamer, el legendario actor Bernardo Gabler en Divertimento de García Hernández, y por último, en la todavía inédita Dagon del norteamericano Stuart Gordon, el viejo jefe de un fantástico clan de hombres-pez. Personajes que trajeron hasta Galicia a Francisco Rabal Galera, el sobrino de Buñuel, como gustaba de proclamarse en homenaje al cariño que le unió al sordo de Calanda, al que imitaba asombrosamente gracias a su portentosa voz. Desde la pontevedresa Mondariz hasta el ferrolano teatro Jofre, desde las islas Cíes a Combarro pasando por A Lanzada, Compostela, A Coruña y tantos lugares de un país que amaba con locura. Cuentan los directores de esas películas, en las que a veces sus personajes no eran cabecera de cartel, que Paco siempre miraba con especial simpatía los guiones a filmar por tierras gallegas, de las que admiraba su gastronomía y sus paisajes, pero también porque se sentía muy cómodo con el carácter de sus gentes. Fue además, Ricardo Sorbedo en La colmena y Max Estrella en Luces de bohemia, filmes de rodaje madrileño, pero con las plumas de Cela y Valle Inclán en la raíz de sus personajes. Fue un gran actor, que alcanzó su cima artística cuando en 1958 conoció a Luis Buñuel. Le llamó para Nazarín, película de rodaje mexicano que tenía en su producción ejecutiva a otro ilustre, el ourensano Carlos Velo. Nacía así una amistad que se prolongaría en Viridiana y más tarde en Belle de jour y se alargaría para toda la vida. Contaba Rabal que lo de tío y sobrino fue cosa del maestro aragonés, harto de que el actor le tratase de don en su primer encuentro. Al parecer, le dijo: «De aquí en adelante me vas a llamar tío y de usted, y yo a ti sobrino y de tú». Hasta ese momento Rabal, militante del PCE, ya había trabajado en España con directores oficialistas como Rafael Gil, Sáenz de Heredia o Vicente Escrivá. A partir de su sacerdote en crisis para Buñuel comienza un dilatado periplo internacional que le llevará hasta finales de los años sesenta a directores como Pontecorvo, Bolognini, Antonioni, Rivette o Torre Nilsson, regresando esporádicamente al cine español para trabajar con Saura, Picazo o Guerin. Sería a partir de su Zacarías en Los santos inocentes (Camus, 1984) cuando su carrera alcanza su momento cumbre con el premio de interpretación en Cannes. Consolidará su vitola de actor de prestigio y los honores se irán sucediendo. Compartía con el coruñés Fernando Rey su proyección internacional. Desaparecidos ambos, el cine español clausura un brillante capítulo.