RETÓRICA DEL CONSENSO

La Voz

OPINIÓN

PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS

26 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Nadie diría que estemos a menos de dos meses de las elecciones autonómicas. Se respira una plana paz dialéctica y la política, bloqueado el Parlamento, se va a las playas y las fiestas campestres del pimiento o del mejillón. Poco más. Es fácil entender que si nos deslizamos progresivamente a una economía global, hagamos lo propio con la política. ¿Para qué debatir, entonces? La perversa retórica del consenso y de lo políticamente correcto imponen implacablemente un reduccionismo nada creativo. Muchos pensamos todavía que la política es otra cosa, que necesita ante todo de un ideal que contraste con lo vigente y se ejercite en una función de persuasión. Lo primero es contenido, lo segundo, imprescindible conexión con los demás, que han de decir la última palabra. Nada de esto se encuentra en las fiestas del berberecho, de la empanada de xoubas y, si diese tiempo, de la androia, el botelo o la cachucha, devorados por todos con idéntica fruición. Lo mío, sin embargo, es un anacronismo. Como decía Ramón Gómez de la Serna, debo ser «un producto bioquímico hecho de sustancias que ya no se llevan».