Ahora que ya se puede decir que los plagios ocurren en las mejores familias literarias (algunas con cohabitación mediática y política), no estaría de más recordar cuál es la parte reprobable y repugnante de la cuestión. Que no es el hecho en sí de «inspirarse» abusivamente en un texto ajeno, ni siquiera llegar a lo que un ilustre afectado llamó la intertextualidad como un derecho consuetudinario más. No, lo que resulta vomitivo es la delictiva apropiación de lo ajeno, ocultado o negando su origen, para mayor lustre del propio nombre, de la propia fama y del propio negocio. Hace unos cincuenta años el filósofo portugués Cruz Halpique escribió un libro titulado Filosofía del plagio, que nadie citó en relación con estos sucesos, quizá porque el país vecino no queda tan cerca intelectualmente. En sus páginas se puede leer: «Hay un encadenamiento lógico de ideas, algunas veces inevitable. Iguales premisas van llevando insensiblemente a conclusiones flagrantemente iguales». Y tiene razón: no hay nada extraño en que se produzcan coincidencias que parezcan plagios. Lo condenable es cuando no lo parecen... porque lo son. Descarada y desvergonzadamente.