VENTURA PÉREZ MARIÑO
30 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Hace unos días, a una emisora de radio de ámbito estatal, con línea abierta a los oyentes, llamó un andaluz de habla pausada y razonamiento común, que al hilo de las bombas instaladas por ETA en un coche en el aeropuerto de Málaga, que felizmente habían sido desactivadas, manifestó que la respuesta que en este momento debía adoptarse es darle la independencia al País Vasco, y levantar un muro alto, alto... La afirmación fue correspondida con aplausos unánimes y espontáneos del numeroso público que asistía a la emisión. El hartazgo hacia ETA y lo vasco es tan grande, y el papel del PNV tan ambiguo, que se ha logrado que en privado sea opinión común el que se vayan, que se les dé la independencia. Metiendo en un mismo saco a todos los vascos. Euskadi ha pasado de ser la región probablemente más admirada de España -no había niño que no fuese de aquel Athletic lleno de leones- a que en manifestaciones celebradas la semana pasada se corease unánimemente el eslogan ETA no, vascos tampoco. Uno de los mayores desgarros que sin duda se producen en el seno de una familia, se desarrolla cuando un hijo amaga con irse de casa, y además lo hace poco a poco, con amenazas, desplantes, desaires o violencias. Ante tal situación, la respuesta suele ser común, se arma uno de paciencia, se intenta comprender, se razona, se accede como fórmula de consenso, se tolera o se disimula. Pero cuando la postura de desapego persiste y aumenta, y la violencia con que se expresa se normaliza, no cabe duda de que hay que adoptar medidas, dejando de mirar para otro lado. La experiencia da que el paso del tiempo cura en unos casos pero en otro pudre irremediablemente y transmite el mal a lo cercano. Lo sabio es saber escoger el momento. En los últimos tiempos y de forma más notoria con el peso de las últimas elecciones, el Gobierno Vasco y el PNV se han echado al Gobierno central, y por ello a España, por enemiga; nada les parece suficiente, el Estatuto de Gernika se les ha quedado pequeño y a la menor ocasión recitan un memorial de agravios, llámense competencias sin transferir, autodeterminación sin conceder o concierto económico sin aprobar. Además lo escenifican cargados de gestos y argumentos que casi nos hacen sonrojar avergonzados, incluidos los gallegos tan ayunos de mejoras, por pensar en clave solidaria. Así las cosas, el Gobierno y los partidos políticos deben valorar la situación. Preguntarse si ha llegado el momento de que la razón no tiene posibilidad de aceptación. Y si así fuera, obrar en consecuencia. Entretanto, y cuando terminaba este mes de julio, después de un mes de agonía, ha muerto el general Oreja: «un enemigo del pueblo».