LA PREGUNTA DEL VERANO

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

29 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Aunque no lo parezca, las veladas del estío no se agotan en músicas y saraos. Y por eso debemos acostumbrarnos a que, lo mismo que hacemos con la canción del verano, elijamos también la pregunta y la respuesta que, presentes en todas las conversaciones, pueden dar la clave del próximo curso político. Con esta filosofía, y para dar ejemplo, empezaré señalando cuatro cuestiones que, planteadas por mí o por otros, requieren atención. La primera tiene, como dicen los cursis, ámbito nacional, y reúne en sus incógnitas a Aznar y Zapatero. Porque me gustaría saber cuántas leyes vamos a tener que improvisar para que Aznar se gane el sobrenombre de el reformador del Estado; y cuántos pactos vamos a tener que tragar para que Zapatero demuestre que sabe esperar y que tiene esa pachorra bendita que ahora se llama visión de Estado. ¿Era necesario abrir con tanta prisa el frente universitario? ¿Se puede modificar sin consenso la filosofía general de la Universidad? La segunda pregunta es muy delicada, y afecta a la diócesis de Valladolid, que gobierna monseñor Delicado Baeza. Y es que ardo en deseos de saber cómo va a plantear este obispo la próxima campaña de la renta, y cómo le va a pedir a sus fieles que pongan la cruz en la casilla de marras. Porque, si bien no me asusta que una diócesis tenga mil millones de pesetas, me escandaliza mucho que los tenga así, sin la mínima claridad presupuestaria, mal gestionados, y especulando en Gescartera. La tercera es muy simple: ¿quién va a gobernar Galicia el verano que viene? Pero, a pesar de su aparente facilidad, no se precipiten en la respuesta. Porque, por más encuestas que lean, no es fácil saber si la balanza se va a inclinar por Cuiña o por Manolita López Besteiro. La cuarta, la más peliaguda, no la hice yo, sino Fraga, y se refiere a si el presidente de la Xunta tiene un doble que trajina por él. A mí, la verdad, ni se me había ocurrido. Pero, ya que él lo plantea, les adelantaré mi opinión. Creo, sinceramente, que don Manuel tiene un sólo cuerpo, que mueve sin tregua entre Tierra de Fuego y el Cabo Fisterra. Pero puede tener dos almas que se turnan por sorpresa. No puede ser el mismo, creo yo, el que apura a Eiseman para poner su placa en el monte Gaiás, y el que mira con serenidad su propia historia. Tampoco coinciden el que quiere hacerlo todo y llegar a todas partes, con el que tiene la íntima experiencia de sus limitaciones. Y nada se parecen, creo yo, el que discursea por la vieja contra un separatismo imaginario y kaleborrokero, y el que ya está de vuelta de sus propios dogmas. Aunque los más diferentes son, sin duda, el Fraga que me defraudó y el que aún despierta, por veces, mi cariño.