DE MAL EN PEOR

La Voz

OPINIÓN

A TORRE VIXÍA / Xosé Luís Barreiro Rivas

19 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

En los veinticinco años transcurridos desde la muerte de Franco hemos tenido momentos mucho más complejos y difíciles que el actual, y en ninguno se habían conjurado los cielos y la tierra para dar la sensación de bienestar y modernidad que ahora disfrutamos. Pero eso no quita que estemos en la legislatura más prosaica y roma de nuestra democracia, y que cada vez sean más los españoles que se preguntan como es posible que las cosas vayan tan bien mientras los políticos transmiten una sensación de mediocridad fuera de lo común. Por eso intuyo que debe haber razones objetivas para que los mediocres se lleven el gato al agua en todas partes, y para que el pueblo crea que el mundo rueda solo y por el buen camino, y que basta con no estorbarle para que llegue feliz a su destino. En consecuencia, la política española se nutre fundamentalmente de dos ingredientes. Uno, el simplismo cósmico de Aznar, que todos los días se exhibe en televisión razonando linealmente, como un niño de EGB. Otro, el complejo de culpa del PSOE, que obliga a Zapatero a ir de bueno por la vida, pactando a destajo, y dando la sensación de que no tiene más objetivo que esperar con paciencia su turno, como hacemos todos en la pescadería. El que gobierna, o sea Aznar, nos sorprende a diario con su especialidad favorita: un enchorizado de silogismos en bárbara -que en Lógica escolástica se llama sorites- que deja atónitos a los que le escuchan en el bar, jugando al dominó. Y el que se opone, o sea Zapatero, le hace el juego lealmente, librando a España de todos los debates, y pactando todo lo que pueda ser causa de un pequeño y leve debate que incomode o asuste a la parroquia. El resultado es una democracia sin problemas -sólo Javier Arenas y Jesús Caldera los tienen- que poco a poco, y gracias al efecto secante de la política socialista, se queda también sin ideas, sin ilusiones y sin alternativas, como si también aquí tuviésemos que votar para elegir entre la Pepsi-Cola y la Coca-Cola. El último episodio de este enredo, después del pacto antiterrorista, fue el acuerdo sobre la justicia, que se hizo para redimirnos de la aberrante politización de la Justicia, y para cargar todos los pecados de la partitocracia sobre las anchas espaldas de Arenas y Caldera. Y esta es la cosecha: un pasteleo escandaloso, que deja en aprendices a Felipe González y a su ministro Ledesma, para escenificar, a la vista de todos los españoles, el reparto mercantil de los despojos del control democrático: Consejo General del Poder Judicial, Tribunal de Cuentas y Tribunal Constitucional. Claro que ahora se pacta todo. Y, donde hay buenos pactos, huelga la democracia.