EN LAS NUBES / Lola Beccaría
18 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.El otro día Manuel Fraga hizo un peculiar llamamiento a la colaboración ciudadana. Parece que andamos escasos de niños, y el presidente de la Xunta, concernido con el problema, ha pedido públicamente una mayor producción de bebés. Si no queremos ver nuestras calles y nuestros parques vacíos de cochecitos, si no queremos ver cómo se arruinan las tiendas premamá y las guarderías, tenemos que ponernos las pilas y empezar a tener hijos a toda máquina. Así que a ver quién empieza. Hemos llegado a tal nivel de baja natalidad que la principal motivación del hombre como especie, esto es, la procreación, ha pasado de ser un asunto solventado en la intimidad de la alcoba a convertirse en una razón de Estado. A este paso, dentro de poco se harán campañas para animar al pueblo a cumplir con su deber, y los carteles de mantenga limpia la ciudad serán sustituidos por otros que digan produzca niños. Antaño no había estos problemas. Se tenían los hijos sin pensar, como venían, exentos de planificaciones. Uno se ponía a la faena y la naturaleza hacía el resto. Hoy día se ha reemplazado el instinto por la reflexión intelectual. Primero nos planteamos si el mundo es un lugar adecuado para nuestros descendientes. Nos preocupa que no puedan sobrevivir en esta jungla, que sufran o no salgan adelante. Después pensamos en el esfuerzo económico que tener un hijo conlleva. Queremos lo mejor para el chaval, y lo mejor es siempre lo más caro. Junto a estas consideraciones, la mujer tiene un coste añadido: su puesto de trabajo pende de un hilo, otro cordón umbilical que tiene que cortar cuando el niño nace y ella renuncia a sus aspiraciones profesionales a cambio de pañales y mimitos. Las empresas no ayudan, sino que ponen trabas desde su prepotencia. La ambición y la ceguera del capitalismo mandan hasta el extremo de coartar el nacimiento de nuevos consumidores en aras del enriquecimiento momentáneo, sin pensar en las consecuencias a largo plazo. Sin futuros adultos el mercado carecerá de sentido y se vendrá abajo. Política estatal Y aunque sólo fuera por esa cuestión pragmática e interesada, el sistema debería ponerse de parte de las madres. Al mismo tiempo, no hay una política estatal enérgica de apoyo a las mujeres, y a estas les ha costado sangre y sudor llegar a donde están. Es lógico, pues, que se lo piensen tanto. No hay duda de que tener hijos es una de las experiencias humanas más enriquecedoras y hermosas, pero el Estado debería plantearse, antes de todo, que mientras no intervenga en ayuda de las mujeres con leyes especialmente diseñadas para el caso, su solicitud de bebés a discreción seguirá sin ser escuchada.