LA CASA INHABITABLE

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR ANTONIO MOLINA VIVIR SIN SER VISTO

12 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

La originaria Santa Cruz de la Sierra, no la de Bolivia sino la de Trujillo, en Cáceres, parece una colina sacada de una acuarela japonesa. En sus entrañas, se dice, alberga la tumba de Viriato abrazado a su espada de oro, así como otras muchas ensoñaciones esotéricas del gran Roso de Luna. A sus pies hay muchos lagares en donde se molía el aceite y viñas. Un día, mi amiga Dolores Castrillo, nos llevó hasta la antigua casona familiar. Estos campos habían sido una zona de esparcimiento y despensa para los árabes, luego se convirtió en un convento perdido en las soledades y, más tarde, en una remozada y amplia casa indiana con palmeras a la entrada. Hacía varias décadas, desde la guerra civil, que estaba abandonada al cuidado de una pareja de guardeses. Eran casi centenarios y vivían en una habitación del bajo cercanos a las cuadras, los rediles de las ovejas y los corrales. Recorrer el resto de la casa, subir las empinadas escaleras, se les hacía tarea imposible para sus escasas fuerzas, por lo que las estancias eran como sepulcros abandonados. Llegamos sin avisar la noche de un gélido invierno. Ramona y Manuel nos recibieron sin mayor sorpresa. Ellos parecían los espectros del más allá y nosotros los visitados. El agua no corría y tampoco había luz eléctrica. Las velas eran escasas. Así, medio en penumbra, nos adentramos por entre los pasillos, las salas, el comedor y las numerosas habitaciones. Todo estaba ordenado y en su lugar: las colchas sobre las camas; los jarrones sobre sus pedestales; los sombreros, paraguas y bastones colgados de los percheros; las fotografías observándonos desde todos los puntos; el piano cerrado cubierto con un pequeño mantel; los discos y el gramófono dispuesto; la pequeña librería de campaña con los volúmenes caídos; los candelabros sobre las mesas y los aparadores; las salamandras famélicas de materia comestible; los biombos medio entreabiertos disimulando la desnudez del tiempo; y los espejos, el alma secreta de las estancias, guardando la memoria borrosa de los reflejados. Quitamos las telas de araña y limpiamos el polvo. Luego me dispuse a barrer los cientos de moscas muertas. Y lo hice lentamente como si apartara hojas desprendidas de almanaques. Cuando el piso estuvo limpio de aquella negrura, me di cuenta de lo arreglado que se ve un espacio cuando algo muere y no deja ningún rastro de haber estado, lo arreglado de la casa inhabitable que no guarda en el tiempo ninguna huella espectral, ningún frío familiar. Moví el péndulo de un reloj y su tic-tac pareció dar hálito al inmueble. La mañana siguiente nos despertó la luz habitual del día, suficientemente clara para mostrar lo que comenzaba a derretirse y lo que quedaba de las nieves de otros años. Dolores nos bajó al jardín. Todo era una selva enmarañada. Nos sentamos sobre la hiedra, en el cenador de piedra, junto al brocal. Y así colgamos los cuatro en una foto más de la propia casa. Desde entonces hemos vuelto varias veces. Ahora las estancias relucen con los mismos atavíos de antes. Dolores nos enseña el vergel que ha ido cultivando y va nombrando a alguno de sus pobladores: mimosas, nísperos, limoneros, alcornoques... Me detengo bajo un membrillo y al oler su perfume azucarado, no sé por qué echo de menos aquellas moscas posadas en el hule, detenidas en el brillo ambarino de la luz cenital; aquellas moscas muertas que no han dejado rastro de haber estado en la casa inhabitable.