MANUEL ALCÁNTARA LÍNEA ABIERTA
08 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Lo peor no es desconfiar de un entrecot, por si perteneció en vida a una vaca loca, o de un filete de cerdo que tampoco estaba en sus cabales, o del aceite de orujo, que nada tiene que ver con el de oliva: lo peor va a ser comer a oscuras. Desde el momento en el que Loyola de Palacio, vicepresidenta de la Comisión Europea, asegura que en España, de forma global, no hay riesgo de apagones, hay que temer quedarse a dos velas. Su declaración, en vez de tranquilizarnos a los que no somos nictálopes, nos llena de preocupaciones. Es algo parecido a lo que nos ocurre cuando en una sala de fiestas instalada en un sótano leemos un letrero que dice: «En caso de incendio, no alarmarse». Nos alarmamos más. ¿Si no ha motivos de zozobra, por qué se nos dice que es clave incrementar la capacidad de interconexión con Europa a través de Francia? Eso significa que hay fundadas razones para sospechar que todo se puede quedar a media luz. La verdad es que no nos extrañaría demasiado: el Gobierno tiene mucha voluntad, pero pocas luces. En medio del esplendor solar del verano, crece la alarma de que la luz eléctrica se vaya con la misma rapidez que viene y nos quedemos en la ardiente oscuridad. Esa celérica fuga sólo ofrece una ventaja y es puramente demográfica: aumentaría nuestros niveles de natalidad. Podemos verlo todo negro si no se toman precauciones y nosotros, que creíamos que la luz era nuestra, precipitados todos en la sombra, pero aquí las precauciones se toman después. Con la circunstancia agravante de que no se podrá culpar a Celia Villalobos, que es un sol.