PARA TI HARÉ UN RAMITO BLANCO

La Voz

OPINIÓN

GARITA DE HERBEIRA / Alfonso de la Vega

22 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

El cristianismo, en su proceso de recuperación de las antiguas ideas del paganismo, transformó la celebración de los solsticios en los dos Juanes: san Juan Evangelista, representa el solsticio de invierno, san Juan Bautista, el de verano. En ese gran libro de piedra que es el Pórtico de la Gloria, mirando hacia mediodía, siguiendo la aparente trayectoria del sol en la eclíptica, el buscador puede encontrar a ambos en sendos pilares que sostienen la bóveda del cielo de piedra, en forma de pionera bóveda de crucería. El Bautista aparece con una especie de escudo circular, el del movimiento del sol, y dentro, su criatura, el fuego agni, agnus, el cordero, y representa al solsticio de verano, la energía en su plenitud, antes de su decadencia, previsible resultado del proceso por el que cada cosa se transforma en su opuesto, tal como los ciclos cósmicos muestran. El viejo maestro Mateo, como buen iniciado, conocía la gramática del alma y ahí deja para la eternidad sus hermosas figuras como palabras de significado abierto, de semántica infinita cual posee todo símbolo genuino, pues no sólo habla a la mente sino que conmueve el corazón. Noche de san Juan, noche mágica, en que disminuye el reino de las tinieblas. Se puede dedicar a variadas tareas tales como observar a los elementales a la tenue luz de la luna como hacía Bécquer en el claustro del monasterio de Veruela. Releer El sueño de una noche de verano, para participar en la fiesta de Titania, la reina de las hadas. Escuchar la música de las esferas elevando su canto coral sobre la misteriosa nota primigenia del remoto Big Bang, que suena como el crepitar de una hoguera lejana. Nacida del primer pensamiento de Dios en el instante fugaz en que quiso tomar conciencia de Sí, pero que se traslada durante eones a lo largo de la materia. Seguir el majestuoso vuelo de la constelación del cisne desplegando sus grandes alas de luz sobre nuestras cabezas. Recolectar con una hoz de oro, como los antiguos druidas, las plantas sagradas: acónito, árnica, artemisa, genciana, heliótropo, rosa o verbena. Recoger el rocío santo, ingrediente de la Gran Obra, o a admirar la «grandeza de Dios» en la forma amada de Melibea como pretendía su enamorado Calisto. Pero siempre se ha de participar de la plenitud de la Naturaleza en sus diversas manifestaciones. La dualidad de los dos Juanes, tanto en la Naturaleza como en el Arte, sostiene la bóveda del cielo y con ella el mundo manifestado, la capacidad de conocer, comparando lo blanco con lo negro, el bien con el mal, la plenitud con la decadencia. No obstante los anhelos más profundos de nuestro ser, el solsticio de verano paradójicamente nos enseña acerca de la fugacidad de la vida. Se agotará el ramito blanco que recogí para ti en san Juan.