JOSÉ ANTONIO PONTE FAR VIÉNDOLAS PASAR
04 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Fue una mañana extraña. Pasar del bienestar interior al desasosiego, de la placidez anímica a la inquietud, en un abrir y cerrar de ojos y sin mayor motivo, no es lo habitual. A mí las cosas me suelen ocurrir con más lentitud y hasta con más orden. Decía Baroja que, así como la desgracia le hace a uno discurrir más, la felicidad quita todo deseo de análisis, y por eso es doblemente deseable. Esto pensaba yo una de estas mañanas de finales de mayo, tan soleadas como merecidas. Por reajuste del horario, no tenía que ir al trabajo. Solo, en casa, con horas por delante para disfrutar a mi gusto. Hacía tiempo que no disponía de una mañana así, larga, con sol en el balcón y paz en todo el edificio. Los niños y jóvenes de los vecinos, en los colegios, que es donde deben estar. Nada de músicas estridentes, ni de gritos por las escaleras. Sólo la tranquilidad ambiental, el cielo azul, el sosiego de la mente, la paz del espíritu. Y uno, perfectamente consciente del fenómeno, está dispuesto a aprovecharlo. Este libro, aquella música, ese sofá, un café bien hecho... ¡Qué razón tenía Baroja! Nada de complicaciones, ni de análisis. Intuyo la magia del momento y deseo vivirlo egoístamente. Que no me ocurra lo que a aquellos agricultores de los que el poeta latino Virgilio dijo: «¡Qué felices serían los campesinos si supieran que son felices». Yo sé que es una circunstancia momentánea, desconozco por qué se produce, pero la perfección del momento y el equilibrio logrado con lo circundante me transmiten un sosiego y una armonía interna raramente experimentada en el trasiego de la vida diaria. Pero, nada. Bastó una simple llamada de teléfono para romperse no sólo el silencio, sino la magia. Debía hacer un par de recados, pero me di ánimos diciéndome que regresaría pronto y todo se recompondría. Mientras hacía cola en una oficina bancaria, me entretuve mirando los carteles expuestos en las vidrieras. Uno, grande, pedía ayuda para El Salvador. Otro, invitaba a la colaboración con los niños abandonados. El más espectacular, solicitaba una cantidad mensual para que toda aquella familia africana, allí retratada, pudiera tener agua potable. Y otra asociación benéfica nos pedía ayuda para preservar de la prostitución y del sida a unas niñas filipinas. Y estaban, como más familiares, el de la lucha contra el cáncer, el de unos negritos famélicos con la hucha del Domund, lo de la Cruz Roja... La evidencia de que estamos rodeados de penalidades y miserias fue minando aquel bienestar de unos momentos antes. Además, el ojo de la cámara de seguridad no me perdía de vista un segundo, como tratando de escudriñar mi conciencia. El caso es que la semiótica de unos carteles y la vigilancia de un artefacto electrónico me pusieron en mi sitio. En la cola de la ventanilla, esos momentos vividos en casa me parecieron lejanos, incluso injustos. Y mientras esperaba, recordé a Jardiel Poncela: «Hay dos maneras de conseguir la felicidad: una, hacerse el idiota; otra, serlo». Un consuelo.