EL OJO CRÍTICO / Roberto L. Blanco Valdés
02 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Los piropos y requiebros dedicados por Beiras a Castro y a su régimen hubieran resultado comprensibles hace veinticinco o treinta años. Y es que, salvo en el Departamento de Estado norteamericano y en la CIA, era entonces de dominio general la teoría de que la revolución que Fidel había dirigido en la isla caribeña suponía un importantísimo escalón en la lucha antiimperialista de los pueblos oprimidos y un paso de gigante en la liberación del ser humano de toda dominación económica, política y social. No hubieron de pasar muchos años, sin embargo, para que los más despiertos del lugar, los menos sectarios o los que gozaban de mejor información llegaran a la conclusión de que aquella revolución libertadora, de la que supuestamente había nacido un paraíso de reconciliación social y bienestar, era en realidad una patraña que marcaba el inicio en la construcción de una satrapía autoritaria que combinaba una retórica grandilocuente y progresista con unas prácticas políticas que apenas diferían de las del régimen que Fidel y los suyos habían derrotado: las de la feroz dictadura de Batista. Transcurrido casi medio siglo, el paisaje que la revolución ha dejado tras de sí es sencillamente sobrecogedor: un régimen político tiránico, sin elecciones, ni derechos, ni partidos, del que están excluidos las decenas de miles de cubanos que, en la cárcel o el exilio, han pretendido levantar la bandera de las libertades democráticas; una economía corrupta y en ruinas, de cuya miseria sólo escapa la nomenclatura del Partido Comunista; y una ciudadanía que, harta de malvivir entre la mugre y la penuria, ha convertido a Santiago o a La Habana en inmensos prostíbulos al raso: la prostitución vuelve a ser hoy, de hecho, como ya lo fuera con Batista, uno de los negocios más florecientes de la isla. Es a la vista de esta escandalosa realidad, que cualquier demócrata debiera considerar intolerable, como los juegos florales entre Beiras y Fidel resultan algo más que una mera payasada. Que quien no ha permitido votar en libertad a los cubanos ni una sola vez en casi medio siglo, se permita dar consejos sobre la mejor fórmula para gobernar en el futuro una Galicia democrática que puede decidir por sí misma con entera libertad, y que Beiras los acepte tan contento; que en presencia de un Beiras sonriente y encantado con la revolución, Fidel hable de autodeterminación de los pueblos oprimidos, es sencillamente delirante. Tanto que sólo hay una forma de entenderlo: que Beiras siga anclado en la realidad de hace veinticinco o treinta años. Lo que, dicho sea de paso, tendría una importancia relativa si no fuera porque Beiras aspira a gobernar la Galicia del año 2001.