CÉSAR ANTONIO MOLINA VIVIR SIN SER VISTO
24 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.A Bernardo Soares le hubiera gustado ser viajante de comercio. Conocí Lisboa porque mi tío-abuelo, Ramón Torreiro, tenía este oficio. Era una persona emprendedora. Había extendido sus dominios más allá del Miño. Dos veces al año descendíamos a Oporto y desde allí a la capital portuguesa. Subir y bajar las maletas del dauphin, ordenar y desordenar los muestrarios se me hacía un trabajo ímprobo sólo compensado por el exotismo de encontrarme en otro país, en una gran urbe extranjera, a unos pocos kilómetros de casa. Conducir por Lisboa era una aventura arriesgada pues había que sortear a peatones torpes y a tranvías suicidas. Hoy, a pesar de las obras que la asolan, se mantiene casi idéntica a la de mi memoria. El Hotel Internacional continúa discreto en una esquina del Rossio al lado de la centenaria Confeitaria Nacional; la taberna-restaurante O bacalhoeiro, en la Rua dos Sapateiros, frente al Animatógrafo (un histórico cine ahora dedicado al porno), sigue sirviendo sus magníficos pescados, decorado con las fotos del velero Argus y sus esforzados trabajadores del mar; y el resto de los comercios apenas han cambiado. Echo en falta, sin embargo, los anuncios de los bufetes, de las consultas médicas, de los despachos de notarios, de las sastrerías, de las compañías navieras que ilustraban las fachadas de la baixa. La Rua dos Douradores permanece anclada y desapercibida como siempre: aún hay zapateros remendones y limpiabotas, tabernas como la que ocupa el lugar en donde estuvo la antigua Casa Pessoa de vinos y comidas, botillerías, pequeños aserraderos, pensiones, comercios chinos de baratijas, viviendas particulares y oficinas baldías. Es tan estrecha esta calle que las esbeltas naos de las farolas, colocadas en ambas riberas, podrían chocar. Las ventanas siguen sin lavarse. A la vista está: el ángulo de los tragaluces, la ropa colgada, los portales abiertos de par en par con la misma confianza de siempre y los pasamanos con las huellas dactilares impresas desde el origen. ¿Si Lisboa apenas ha cambiado, yo todavía puedo ser el mismo? Comienza a tronar. Cae una fuerte lluvia mecida por la brisa marina. Una lluvia oblicua que reverbera en los toldos, en los cristales, en el empedrado de mosaicos. A mitad de la Rua Augusta, a espaldas del Arco de la Plaza del Comercio, me resguardo en la entrada de la Mundial Numismática. Más allá, pasada la manzana de Zara, en la Casa dos carimbos, lo hacen Mercedes y Laura. Desde mi refugio diviso la placa de Mário de Sá Carneiro colocada en la casa de la Rua Conceição, esquina con la Augusta. Allí nació en el cuarto piso. La lluvia es tan intensa que la calle ha quedado desierta y sólo el agua busca con desesperación la ruta de su huída. Laura me hace señales y guiños bajo su pequeño paraguas, pero yo busco a mi tío Ramón, a mi tía Marina perdidos entre aquellas personas impacientes que aguardan la escampada. Mañana seré también quien dejó de pasar por estas calles.