FEDERICO ABASCAL AL DÍA
22 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Hay algo sobre lo que Felipe González y Rodríguez Zapatero mantienen opiniones difícilmente conciliables. Se trata de José María Aznar, por quien Zapatero siente simpatía, y González, aversión. La aversión de uno puede estar más justificada que la simpatía del otro, pues si Aznar sólo ha dedicado al actual secretario general del PSOE algún leve menosprecio, a González, siendo presidente del Gobierno, le sometió durante cinco años a la agresión política más despiadada. Durante un homenaje en Barcelona a la memoria de Ernest Lluch, González habló con la sinceridad y la bravura que solía emplear el homenajeado en sus manifestaciones públicas y privadas, señalando hipótesis políticas, abriendo vías de comunicación, desechando callejones sin salida. Nadie dudó en Barcelona de que González no se hubiera desahogado a gusto, y más que piensa desahogarse, pues parece cambiar su derecho a volver por el de seguir diciendo lo que le venga en gana. Es bueno que haya voces críticas en un país sin demasiado estímulos, y no es malo que se vea en ellas cierto resentimiento, lógico en un hombre herido y lúcido, que ve en Ibarretxe una esperanza.