XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA
17 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Aunque parezca mentira, en España todavía existe una antigualla que se llama prensa nacional. Así le llamó Franco, en plena Guerra Civil, a la red de emisoras que surgía para unificar y controlar la opinión de todo el país. Y así le llamamos ahora, sin darnos cuenta del pecado que cometemos, a un grupo de periódicos que, potenciados por las televisiones públicas y privadas, y convertidos en referencia esencial de las camarillas de tertulianos que prodigan su mediocridad por las cadenas de radio, conforman y controlan, sin pudor alguno, la opinión política de España. Para ser prensa nacional no hay que tirar muchos ejemplares, ni disponer de una oferta informativa rigurosa y abundante, ni tener buenos columnistas, ni ser leído en los centros del poder político y financiero. El único requisito exigible a la prensa nacional es que venga de Madrid, que es motivo suficiente para que cualquier parvada editorial y cualquier comentario reseso y desenfocado sea reproducidos mil veces por toda España, hasta convertirlos en componentes virtuales de la realidad política. Por eso, si sabemos que la opinión pública es un elemento esencial del desarrollo democrático, a nadie debería extrañarle que la política periférica se vea duramente afectada por una manipulación o una ceguera -¡a veces las dos cosas!- que en el tema vasco alcanza dimensiones de escándalo. Porque, más allá del ridículo que implica el no haberse olido la tostada, está también, y sobre todo, la táctica de lluvia fina con la que se envenenó Euzkadi, hasta lograr que la artificial y estratégica ruptura entre el PP y el PNV, o la irrelevante tirria que se profesan Arzalluz y Savater, se equiparen en gravedad con el sangriento problema de ETA. Pero la culpa no la tienen ellos, sino nosotros. La culpa la tiene un espíritu aldeano que alimenta con chorradas de importación su falsa progresía. ¿Cómo es posible que, después de tanto ridículo y tanta desinformación, se vayan ahora de rositas? ¿Cómo podemos soportar que los mismos que dijeron negro donde era blanco nos expliquen ahora su profecía? ¿Por qué aguantamos la oscena insinuación de una Euzkadi cautiva por el simple hecho de no haber votado lo que desde Madrid se aconsejaba?. Mientras no solucionemos el gravísimo problema de la dependencia informativa, será difícil que logremos crear los valores y preferencias que sustentan una autonomía real. Así lo entendieron los vascos, que, haciendo caso omiso de las rancias consignas de Ramírez y Ansón -que tanto cotizan en el mercado de Madrid- exhibieron sin complejos su propia factoría de ideas y opiniones. Pero, ¿qué pasaría aquí si nos aplican la mitad de la dosis? Sólo pensarlo, se me arrepía el alma.