EL URBANISMO Y LA GULA

La Voz

OPINIÓN

XAQUÍN ÁLVAREZ CORBACHO

07 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Para explicar la complejidad y sutileza del espíritu gallego un amigo me contó en cierta ocasión la siguiente anécdota. Después de celebrar con éxito la fiesta del patrón, el alcalde, agradecido, invitó a comer a la comisión organizadora de los festejos, que incluía también al cura de la parroquia. El cocido resultó tan suculento que, después de cuatro horas comiendo a dos carrillos, le dijo el alcalde al párroco: «Don Ramón, ¿e esto non será gula?». «¿Gula? -respondió el cura un tanto sorprendido- ¡Non se preocupe señor alcalde, aínda queda moito para a gula!». Pues bien, como la gula, el pecado del urbanismo en Galicia parece una cuestión difusa que se considera y cuantifica según las circunstancias, la vara de medir de los políticos y la conciencia cívica de los ciudadanos. Por urbanismo entendemos aquí al menos dos cosas: la necesidad de ordenar la convivencia en el territorio mediante procesos racionales y reglados, así como la obligación de sancionar las infracciones que se producen a las normas establecidas. Porque ambas cuestiones configuran y definen nuestra dramática situación. En Galicia no existen demandas solventes de urbanismo ni tampoco se sanciona el grueso de las infracciones cometidas. Impregnados por el minifundio y la irresponsabilidad, aquí se funciona de otra manera. Existen naturalmente formalidades jurídicas que regulan los procesos, pero la realidad constructiva y el referente urbanístico lo marca casi siempre el don Ramón que gobierna el municipio. Los resultados son fácilmente verificables. En todo caso, el drama se acentúa cuando las personas se acostumbran a observar el esperpento con normalidad e indiferencia. Como si fuera el orden natural de las cosas. Como si estuviéramos condenados a sufrir el caos, la infracción o el mal gusto. Como si destrozar el bosque o abusar del medio ambiente fuera condena divina. Como si los programas de excelencia turística otorgados a ciertos municipios no exigieran primero disciplina y rigor urbanístico. Decía Nietzsche que no hay nada que se tenga que demostrar con mayor energía y tenacidad que la evidencia, para añadir a continuación que la tarea resultaba aburrida. Alguna razón puede que asista al filósofo alemán. Pero mientras Galicia no corrija estos problemas sociales mediante educación, tenacidad y pedagogía política, su futuro será siempre la segunda división.