ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
01 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.«La principal calidad de un hombre de Estado es la indiferencia». La frase, que podría proceder del El Príncipe, de Maquiavelo, o de alguno de los muchos tratados e instrucciones sobre consejos y consejeros de príncipes escritos en Europa a lo largo de los siglos XVI y XVII, es, sin embargo, mucho más reciente: fue pronunciada, según ahora acabamos de saber, por un ya muy enfermo Mitterrand ante el periodista Jean-Pierre Elkabbach, que, poco antes de su muerte, lo entrevistó para la historia. No se refería, claro, Mitterrand a aquella indiferencia, hermana del desinterés o la apatía, que llevó a Oscar Wilde a protestar: «Que hablen de uno es espantoso. Pero hay algo peor: que no hablen». No, ni a ella, ni tampoco a la indiferencia que nace del relativismo moral, del todo vale, del todos son iguales. Por más que el gran político francés haya dejado una estela de hombre cínico, de esos que saben que quienes se suben a la grupa del poder acaban obligados antes o después a pasearse por los desaguaderos de la historia, su afirmación sobre la indiferencia que ha de acompañar, como su sombra, al poderoso, es la lúcida expresión que nace de una larguísima experiencia democrática. Y es que en política, lo contrario de esa sana indiferencia democrática es el sectarismo. Da igual qué sectarismo: el religioso, el partidista o el patriótico. Por eso la democracia necesita, como las plantas de la luz de la que viven, de unas altas dosis de sana indiferencia, o, lo que es igual, de unas bajas dosis de ese sectario fanatismo de los míos y los tuyos, los buenos y los malos, los de afuera y los de aquí. Quien ejerce el poder que el pueblo le ha entregado, quien ha tenido la fortuna -o la desgracia- de ser llamado, en nombre de miles o millones de personas, a tomar decisiones que pueden afectar a miles o millones de personas, tiene en la indiferencia uno de sus más fieles aliados contra la posibilidad de abusar de ese poder. Estos días, iniciada ya formalmente la campaña para las elecciones en Euskadi, hemos oído a algunos reivindicar esa sana indiferencia, que facilitaría la reconciliación de un pueblo dividido. ¡Qué magnífico sería! Pero, ¡qué difícil estando las cosas como están! Pues la indiferencia, que es siempre el producto de la aburrida tranquilidad de las sociedades democráticas, no permite nunca defender la democracia cuando aquélla corre el grave riesgo de perderse.