PREMIO A LA LENGUA DE CERVANTES

La Voz

OPINIÓN

ARTURO LEZCANO

23 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Estas «polémicas» entre escritores -palabra ya enojosa, por tópica, manoseada, repetida, nauseabunda- aburre y, sobre todo, asombra desde al menos estos veinte siglos de vanas glorias pasajeras, laureles pronto oxidados, proscripciones inútiles con el paso del tiempo, estúpidas mixturas de lo subjetivo y lo objetivo. Hablamos, claro, de la entrega del premio Cervantes a Francisco Umbral. Anticiparemos, sin que ello tenga la menor importancia, que a nosotros no nos cae bien «la imagen» del vallisoletano, pero con la importante advertencia de que no lo conocemos en absoluto. Si lo conociésemos y nos cayese igual de mal, tampoco nuestra opinión tendría la menor relevancia. Ni la nuestra ni la de nadie, aun los investidos de alta autoridad intelectual. En modo alguno pretendemos, paralelamente, comparar los méritos de Umbral con los de sus rivales en la última edición del Cervantes, tal es la disparidad de talentos, campos creativos y estilos. Para nosotros, por ejemplo, ni la Matute ni Uslar Pietri lo superan, aunque por supuesto el peso del cerebro de Laín es mucho más específico. Esta pugna entre unos escritores concretos no tiene salida, de todas formas. La falacia de una supuesta jerarquía de géneros tampoco resulta decisoria. Umbral no es un novelista propiamente dicho. Bien ¿y qué?. Supongamos que sólo es un columnista constante de prensa. Le basta y le sobra, a la vista de sus frutos. Su primera superioridad radica en que, nueve de cada diez veces, trasciende la anécdota de la época, del año, del mes e incluso de la décima de segundo. Pero la auténtica ordalía de un escritor a quien se le adjudica el Cervantes es el uso propio de la lengua castellana. Así se comprende el improcedente comentario de José Manuel de Prada, atribuyéndole la personificación de la «degradación cultural». Se da la casualidad de que De Prada posee, a nuestro juicio, uno de los más limpios castellanos de la actualidad, si bien, por desgracia, le falta el hondo «mestizaje» de la «pluma de El Mundo.» Para que se reconozca su rango literario, quizá Umbral debería haber hecho algo definitivo, por ejemplo volarse la tapa de los sesos, como Larra, pero en presencia de los Reyes, los reyezuelos «autonómicos» y los príncipes de las letras.