PASIÓN

La Voz

OPINIÓN

SUSANA FORTES

20 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

De pronto, en aquel cielo aborrascado, de color violeta, se abrió un testamento de claridades con el que, al parecer, Dios pretendía inmortalizar el sacrificio de su hijo para que nutriera durante siglos la fe en la resurrección de los más desesperados. Ocurrió en una primavera de albores confusos hace ahora 2.000 años. Después vino la tormenta sobre el Gólgota a labrar el cielo con espuelas de metal. Pero ese hecho no se convirtió en el principio de ninguna apoteosis subversiva, sino solamente en el germen de una civilización que transformó la muerte en una especie de huida hacia adelante. ¿Qué podría esperarse de una divinidad que condena a la crucifixión y a la muerte a su propio hijo para redimir quién sabe a qué pecadores? Sin embargo, el relato de la Pasión hizo sentir un estremecimiento secreto a Hegel y a Unamuno, convirtió en un río trascendente el poema de los dones de Borges, torturó la imaginación delirante de Pasolini, sonó como álgebra pura en las partituras de Bach y pervive aún en la piedra de las catedrales, en el alma de millones de desheredados y hasta en el corazón de los que sólo soñamos con el infierno. Recientemente, la televisión pública británica comenzó a emitir una serie sobre la vida de Jesús. Según la reconstrucción que hicieron los técnicos de la BBC, el rey de los cristianos no mostraría el rostro idealizado que reprodujeron los pintores renacentistas, sino que tendría el aspecto de ser un tipo que juraba en arameo, que era el idioma de los pobres de Israel, la lengua de los pescadores y los ladrones. Facciones toscas, rasgos prominentes, la expresión desconcertada de quien mira como si se extrañara de lo que ve y tuviera miedo de quien lo observa. Un hombre como todos los hombres, nacido conforme a la carne, engendrado por un carpintero de Galilea y parido por una adolescente judía. Un tipo a veces violento que sudaba y dejaba huellas y hacía el amor y tenía propósitos secretos contra Roma, una especie de anarquista que ideó una doctrina contra el orden del imperio y contra la ortodoxia judaísta y que acabó, como era de suponer, crucificado. La reconstrucción digital no tiene por qué ser más creíble que la imaginería católica. Tan inescrutable es la ciencia como la devoción. Pero yo -como dicen los versos de Machado- no puedo cantar ni quiero/ a ese Cristo del madero/ sino al que anduvo en la mar. Y según la imagen que nos ofrece la ciencia forense británica, el salvador de la humanidad tenía toda la pinta de acabar de desembarcar de una patera en las costas de Tarifa. Sin papeles.