LAS ELECCIONES MUNDIALES

La Voz

OPINIÓN

ANXO LUGILDE

14 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

En Malpica te pueden dar una charla sobre los abusos de Fujimori y lo bien que pican los peces en Chimbote. En Gondomar hay decenas de expertos en Blancos, Colorados y la sabrosa carne de novillo uruguaya. En Celanova te topas con enfurecidos detractores y acérrimos partidarios de Hugo Chávez que te deslumbran hablando de las bellezas venezolanas. En los bares de Avión y Beariz juegan la partida priístas más o menos conversos al panismo mientras sus nietos lucen los BMW y Audis ganados en México. En Bueu viven familiares de Fernando de la Rúa y en Láncara, de Fidel Castro. En Verín hay amigos de Pelé. En cualquier ciudad puedes tomar un café en el bar Suiza. Y en Nueva York sirven pulpo en la Xunta. En fin, el hambre convirtió a Galicia en mundial y sus elecciones también deben serlo. Pero no todos los gallegos se sienten mundiales. Hay a quien le parece injusto que su voto valga lo mismo que el de un nieto de un gallego de Buenos Aires que nunca visitó Galicia y que tal vez no sea capaz ni de situarla en el mapa. Daniel Martínez podría convencerlos. Cuando detecta un acento español en su quiosco de la bonaerense avenida Corrientes lo primero que pregunta es: «¿De que parte de España sos?». Si la respuesta es la que busca, se le ilumina el rostro y explica: «Mis abuelos eran coruñeses». Manuel Ruiz Justo también podría cambiar el parecer de los escépticos si le vieran enseñando gallego a sus hijos en Jalisco. Hay otros que pensamos que lo verdaderamente injusto no es que vote un porriñés de Río de Janeiro sino que la ley prive del sufragio en su tierra al sarriano de Cornellá o al verinés de Ermua. Y es mucho más injusto que un partido disponga de los resortes del poder para hacer campaña en el extranjero con el dinero de todos o que los canales internacionales de TVE y la TVG bombardeen a los emigrantes con Galicias de Disneylandia, en lugar de ofrecerles los elementos de juicio necesarios para votar en conciencia. Pero en el terreno electoral nada supera en injusticia al voto del muerto. Y con la legislación actual el milagro resulta sencillo. Sólo es preciso no comunicar el fallecimiento al consulado y que una mano nada inocente envíe la papeleta.