EDUARDO CHAMORRO
12 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.El mundo es ancho y ajeno, decia Ciro Alegría señalando una verdad que lo es sólo a medias para el gallego. Visto desde Galicia o con mirada gallega, el mundo es ancho o lo puede parecer, pero en modo alguno es ajeno. La política gallega, sin ir más lejos, es transoceánica e intercontinental, tal como Trotsky quería que fuese la Revolución. La política, que teóricamente y de un modo u otro, es el espacio y el tiempo en los que coinciden -para bien o mal- todas las concepciones del mundo, adquiere con la convocatoria electoral la máxima espectacularidad de su evidencia. En ese escenario de los hechos y programas, Fraga viaja hasta México y Nueva York a mostrar a los electores ese vivo ejemplo de arquitectura erótica que es el proyecto de la Cidade da Cultura. Touriño, por su parte, se aplica a esos espacios de la seducción electoral y le sale un mapa mundi: Bruselas, País Vasco, Cataluña, Madrid, Lisboa, Argentina, Uruguay, Chile, Brasil, Venezuela, República Dominicana, Suiza, Andalucía y Canarias. Las distancias entre tan diversas latitudes y longitudes definen una circunscripción electoral que, probablemente, es la más extensa y dilatada del mundo. Es un mundo en sí misma. Un mundo cuya visita tiene algo de oportunismo electoral, pero también de imaginación titánica a la hora de percibir inquietudes variopintas, traducir anhelos heterogéneos e interpretar intereses abigarrados. Beiras, por ejemplo, se va a ver a Castro y a Chávez. Beiras viste bien la moda gallega. Quizá consiga que sus anfitriones abandonen el uniforme. Eso le haría acreedor del voto de los insumisos, que a alguien ha de ir.