AL ENCUENTRO DE LA VIDA

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

11 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Nada hay de casual en que el Concilio de Nicea, celebrado en el siglo IV, hiciese coincidir la Pascua de Resurreción con la luna llena de primavera. Porque nadie mejor que ellos sabía que la Semana Santa es tiempo de pasión y de gozo, de muerte y de vida, de penitencia y sosiego. El justo momento para sentir las contradicciones que mueven el espíritu, y para examinar, en forma de propósito, los pecados que nos identifican desde la cuna a la tumba. Por eso apareció el pueblo -el de Dios y el de los hombres- y tomó por suyas estas fiestas, las sacó de los templos a la calle, y las convirtió en un vínculo de conexión -teologal, artesano y complejo- entre la tierra y el cielo. Y así se explica el arraigo que tienen estas fechas en la España del Sur y mediterránea, donde las noches templadas de la primavera mezclan el incienso y el azahar con el aliento de los cien pueblos que acumularon sus culturas sobre un cristianismo ecléctico y desenfadado. Por eso se echan a la calle con El Muerto a cuestas, soplando trompetas y batiendo tambores. Y, sin saber distinguir el dolor y la alegría, la duda y la fe, el fervor y la fiesta, lo popular y lo sublime, la vida y la muerte, transforman en obvio lo que recibieron como un misterio. La iglesia nunca declaró fiesta de guardar el Jueves y el Viernes Santo; pero los cristianos, por su cuenta, los convirtieron en los días más grandes de su fe. El Estado se acomplejó ante la modernidad que, en nombre de la libertad y el secularismo, quería arrebatarle el silencio a los desfiles procesionales; pero ellos siguieron a golpe de tambor, hasta bloquear con sus andas y capirotes las ciudades de la democracia. Los sacerdotes simplificaron el culto y tiraron por la borda mil años de tradición y cultura; pero nosotros, sustituyendo los cepillos por impuestos progresivos, hemos llevado las pasiones y los oratorios de Bach a los teatros, y hemos llenado las iglesias y catedrales de improperios, motetes e himnos de gloria. Claro que la Semana Santa también se puede pasar tomando el sol y jugando al dominó. Pero es como darle la espalda a nuestro mundo, ponerse el abrigo en verano, o comer, a destiempo, fruta de invernadero. Cada cosa -dice el refrán- tiene su tiempo. Y, aunque la fe nos flaquee y la racionalidad nos subleve, creo que aciertan los que se echan a la calle, hoy y mañana, en busca de sí mismos. Y por eso, aunque no tengo la tradición que autentica sus desfiles, con todo cariño les envidio y acompaño.