CARLOS GARCÍA BAYÓN MERIDIANO DE ACTUALIDAD
27 mar 2001 . Actualizado a las 07:00 h.A mí denme ustedes enemigos, no delfines. Esto lo pudo decir César, pero aquel día no estaba en casa. Bruto, en el Senado, pues eran los idus de marzo, acababa de meterle entre las costillas, hasta la empuñadura, el estoque asesino. Los césares y sus ocasos producen delfines, así como los calores del desierto profetas malditos y alacranes. Sopla el viento solano y aún seguirá soplando algunos meses, según afirman los meteorólogos del Sanedrín. Los delfines políticos, o sucesores, o caballeros legitimistas, afilan las armas y hacen ronda en torno al jefe para, tan pronto graznen augurales los cuervos, arrojarse sobre sus carnes. Hacen ronda, sí, giran, vuelven a girar sonando trompetas y relamiéndose hasta el esfínter fecal, olfateando cadaverina. ¿Girando no cayó Jericó? ¡Ujujú! Alguna vaca sagrada de las que hasta la fecha creía en la paz de los justos y que la encefalopatía espongiforme ocurría en las Quimbambas, de pronto se da cuenta que tiene delfines en las suelas de los zapatos y que están afanosos y enardecidos minándole los zancajos en un silencio de calaveras en la noche. Después de todo, los días del hombre no son sino hierba. La hierba fenece, la flor se mustia y los delfines han nacido como Ricardo III, el sespiriano, con todos los dientes. Luego, cuando los delfines logren el pedestal, seguro que aprendemos a comer uvas con tenedor. Porque lo peor de los delfines y asesinos de César es que acaban enseñándonos a comer uvas con tenedor y a eructar al tresbolillo igual que los talibanes. Ojo con los delfines, que semejantes a las beatas y las ratas rezan y roen como si estuviesen comiendo mojama.