ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
24 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Hay un momento crítico en el despegue de un avión, en que el aparato o toma altura o se desploma: se llama punto de no retorno, al parecer. Algunos de los hechos sucedidos tras el asesinato del concejal Froilán Elespe hacen pensar que la ira ciudadana frente a ETA se encuentra en un punto similar. Esos hackers que han bloqueado la página web del diario Gara, esas pintadas que sitúan a Otegi y a ETA en el centro de una diana imaginaria, esa rabiosa arremetida de los vecinos de Lasarte contra los que justifican tan tranquilos el pistoletazo al amigo, el familiar o el compañero. La advertencia es de James Otis, uno de los líderes de la revolución americana: «Si la olla hierve demasiado, la espuma acaba desbordándose». La olla lleva hirviendo en el Norte tanto tiempo, que lo verdaderamente sorprendente no es que la espuma pueda desbordarse, sino que haya aguantado tanto sin hacerlo. ¿Por qué no decirlo sin tapujos? Lo increíble es la paciencia de los vascos frente a una banda de asesinos que juega con ellos al tiro de pichón desde hace más de treinta años y frente, sobre todo, a sus cómplices, sus chivatos y su muchachada brutal y despiadada. También frente a quienes apartan la mirada mientras sus vecinos viven en un gueto y sufren una persecución inadmisible. Tan increíble resulta esa paciencia que no ha podido ser sino la consecuencia de un fenómeno social. Pues bien, por alucinante que pueda parecerles, creo que su causa principal no es otra que la asunción por parte de las víctimas del argumento central de sus verdugos: el de la existencia de un conflicto del que ETA es expresión. Ha sido tal la brutalidad de ETA y de su entorno, que las víctimas han llegado a asumir que era imposible que aquel conflicto no existiese, pues ¿cómo podría no existir si ellos lo sufrían de tal modo? En 1901, M. P. Shiel, escritor inigualable nacido en una isla del archipiélago de Sotavento, publicaba una novela sobrecogedora donde narraba como el mundo estaba siendo devorado por una nube que, imparable, extendía a su paso la muerte y la desolación: la tituló La nube púrpura. Esa nube, púrpura también como la sangre de los muertos, ha nublado la mirada a los que contra, toda lógica social, han venido aceptando en silencio, por su causa, una violencia intolerable. Hecha ya la claridad, las consecuencias, de mantenerse la violencia, podrían resultar imprevisibles. O peor aún: perfectamente previsibles.