FÉLIX SORIA IM-PULSO
13 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Curiosamente, son noticia los asuntos científicos, máxime si están relacionados con la salud y la vida cotidiana. En países como España, donde la formación científica, el rigor de los escépticos y el amor al empirismo han sido y son cualidades habitualmente infravaloradas e incluso denostadas, ese interés tangencial por la ciencia es paradójico, aunque esté justificado. De golpe, en un pispás, en esta Península de esperanzas y voluntarismos -que son actitudes tan humanas como acientíficas-, resulta que los pollos cargados de dioxinas, las vacas locas y la fiebra aftosa suscitan un interés tan legítimo como exacerbado. ¿Espectáculo? En parte. ¿Preocupación? Indudablemente. Se habla de sustancias químicas, de complejos exámenes de laboratorio, de sospechas y de dioxinas, de emisiones sulfurosas y de radiactividad con ligereza sospechosa. Las dioxinas son tan viejas como la vida y las hay de origen accidental, como las producidas por los incendios forestales desencadenados de forma natural. Pero el 80% de dioxinas -que son moléculas tan estables como volátiles y ávidas de grasas animales- son producidas por la sociedad humana industrial. Las dioxinas quedan depositadas en el suelo y llegan a los ríos y al mar, a las aguas de riego y a las piscinas, a las verduras y a los peces, a los rumiantes y a los pulmones del Homo sapiens y son, casi siempre, consecuencia de la quema de combustibles fósiles (los derivados de petróleo). ¿Un mal intrínseco al desarrollo? Puede. Pero, ¿de qué desarrollo hablamos? La inocente culpabilidad del hombre En países como España donde la ley de leyes es la del crecimiento por el crecimiento se habla de las dioxinas como si los hombres, ¿inocentes?, acabaran de descubrir otro sida. Las dioxinas, los priones mutados o la desertización constituyen el resultado de aplicar unos valores concretos. Esos y otros males son, en cierta medida, secuelas colaterales del actual sistema de producción de alimentos. ¿Qué porcentaje de la población española o europea critica la legitimidad de producir alimentos para acumular capital? Así las cosas, carece de sentido culpar a los ganaderos y acuicultores, a los fabricantes de piensos y agricultores. Las causas del mal no están en las hojas del rábano, sino en las raíces.