BALADA DE BERLÍN

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR ANTONIO MOLINA

01 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

A pesar de las recomendaciones de Javier Rioyo, que acaba de presentar en la Berlinale su tercer magnífico documental, Extranjeros de sí mismos, no acudo al Festival tras merodearlo. Sin embargo visito la Deutsche Kinemathek, en la Potsdamer Strasse 2, al lado mismo de las salas de proyecciones. Este museo del cine está también situado en el Sony Centre. Es una manzana inmensa de cristal transparente, con un patio circular y una gran cúpula móvil, obra que el arquitecto Helmut Jahn levantó sobre las ruinas de la antigua plaza y los espacios baldíos en torno al muro. El museo recorre sucintamente la historia del cine alemán a través de proyecciones de películas, fotografías, carteles y un sinfín de documentos de todo tipo. Allí están las maquetas de los escenarios expresionistas de Das cabinet des Dr. Caligari de Robert Wiene; el uniforme rojo del portero de Der Letzte Mann de F.W. Murnau; los anuncios originales del Testament des Dr. Mabuse de Fritz Lang o, del mismo director, la reconstrucción de su Metropolis, a la cual sin duda pertenece el edificio que nos acoge. Stroheim, Lubitsch, Murnau y tantos otros directores, actores y gentes del cine emigraron a USA y se salvaron del National Socialism que, sin embargo, produjo una película fascinante, Münchhausen, de Josef von Baky. Veo, en el cartel original, al Barón de la Castaña, con su casaca morada, tratando de dilucidar a cuál de las bellas damas que lo rodean le entrega una rosa blanca blandida en su mano derecha. Me sobrecoge el paseo del gran actor Gert Fröbe, en Berliner Ballade (1948), de Robert A. Stemmle, recorriendo aquellos lugares más monumentales de la capital bombardeada, que yo mismo piso ahora. Hay dos objetos que me asaltan sentimentalmente y me transportan a mi infancia, real y de cinéfilo. El traje de amazona que cabalgó Romy Schneider en Sissi; y el uniforme prusiano que, otro extraordinario actor, Heinz Rühmann, vistió en el filme de Helmut Käutner, Der Hauptmann von Köpenick. Ambas son dos de las primeras películas almacenadas en mi memoria, vistas en el Cine Savoy de A Coruña. A Rühmann lo homenajeó Win Wenders, poco antes de que falleciese a elevada edad, en In Weiter ferne, so nah!, (Tan lejos, tan cerca) la continuación de El cielo sobre Berlín. Al día siguiente de producirse este encuentro con el viejo capitán de Köpenick, un pueblo a pocos kilómetros de Berlín, en el patio exterior que da entrada al edificio central de la Universidad Humboldt, presidida por la estatua de su fundador y en cuya escalera principal aún está para dar la bienvenida a los estudiantes una larga arenga de Marx, me encuentro entre las decenas de puestos de libros de lance, un denso volumen de Memorias escrito por el actor, cuya foto ilustra la portada. Lo tomo en mis manos y lo abro por las páginas donde hay fotos. Luego, sin pesar, lo retorno a su lugar. El vendedor vuelve a cogerlo y reclama mi atención. Lo abre por las primeras páginas y me enseña la firma y la dedicatoria: «Für mein unbekannter Freund» («Para mi amigo desconocido», Helmut). Ahora escribo estas líneas, como siempre de madrugada, recostado sobre la cama, apoyado en sus pastas duras.