XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
08 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.¡Estaba de Dios! ¡La tenían allí! Y hasta la ciudad de Madrid, de clima seco y cielo azul, que acoge hospitalaria a todas las manifestaciones de España, se convirtió en el cruel escenario de una lluvia torrencial que se precipitó sobre los 20.000 agricultores concentrados para pedir soluciones -¡su fe es inagotable!- a Arias Cañete y Celia Villalobos. Por si no tuviesen suficiente con la helada que pierde las frutas, el pedrisco que arrasa los tomates, la sequía que aborta el trigo, la niebla que pudre la uva, el viento que tira las naranjas y el pienso que pira las vacas, la infausta metereología, convertida en el ordenador de ese Dios providente que escribe recto con líneas torcidas, se ensaña con sus manifestaciones, el único producto genuinamente agrario que estaba libre de plagas y catástrofes. ¿Qué esperan de Villalobos -siempre tan puesta- si entran a su despacho mojados como pingos? ¿Cómo van a despertar la compasión de Cañete si llegan con barro en las botas y dejan la alfombra de la Real Fábrica convertida en un corral de ganado? ¿Cómo van a salvar sus cosechas si no aciertaron siquiera a prever el temporal que deslució su manifestación? Mal presagio, sin duda, para quienes después se dejan representar por los que hablan de vacas locas sin meterse en el contexto, pidiendo pasta a los contribuyentes y generosiadad al Gobierno, sin antes aclarar la dieta de sus vacas. ¿Cuántas toneladas de piensos prohibidos se consumieron en España? ¿Cuántos síntomas de EEB se fueron al matadero o a la fosa ilegal antes de que la vaca Elvira rompiese su secreto? ¿Que significa el adjetivo gallega detrás del sustantivo ternera? ¿Cómo se hacía -¡o simulaba!- la inspección veterinaria? Como suele suceder en estos casos, todos lo sabían y nadie lo decía, mientras la propaganda oficial se empeñaba en cerrar fronteras y dar ejemplo de pureza a toda Europa. Y por eso llegó el momento de una verdad tan dura que impone su ley sobre las manifestaciones y el dinero. Porque, más allá de las recetas elementales, tendremos que afrontar una dramática reconversión del sector que van a pagar justos por pecadores, una exigencia abierta de responsabilidades políticas y profesionales, y la inminente aparición de una nueva comercialización de la carne bajo marcas de garantía. Aunque duela decirlo, si mal lo tiene el sector, peor le va a los consumidores. Porque, además de carnívoros, somos contribuyentes.