ALFONSO DE LA VEGA
02 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.En España somos muy dados a pasar «de Juanín a Juanón», pero la vida nos enseña que la realidad suele tener muchos matices. Más que los bosques caducifolios en otoño o que las praderas a la luz del arco iris. La introducción de árboles de crecimiento rápido tiene enemigos, pero son una manifestación de los desajustes entre el tempus de los hombres y el propio de la Naturaleza; entre la moneda de la sociedad, que es el dinero, y la moneda natural, que es la energía solar, acumulada en este caso en forma de biomasa vegetal. Dentro de esta relatividad habría que considerar los objetivos sociales, pues no se le debería exigir las mismas cosas al promotor privado que al sector público. Lamentablemente, durante muchos años, la Administración se ha preocupado poco de los valores ecológicos de nuestros bosques autóctonos, promoviendo indeseables sustituciones de dehesas de robles, encinas o alcornocales por eucaliptales, especialmente en las zonas occidentales de la España seca. Pero las cosas se deben juzgar de acuerdo con el sistema agrario/forestal al que pertenecen y con sus alternativas. Los eucaliptos, como es sabido, son árboles australianos a los que se les achacan, entre otros males, además de no tener permiso de inmigración, los siguientes: la acidificación de los suelos, la excesiva evapotranspiración que repercute severamente en la economía del agua del suelo, o la producción de fitotoxinas que eliminan el sotobosque natural propio de otras frondosas. Todos estos factores deben ser sopesados de acuerdo con criterios ecológicos. Desde esta perspectiva, lo que puede resultar crítico en términos de impacto ambiental en la España seca, puede resultar asumible en la húmeda: debajo de los eucaliptos gallegos y cantábricos abundan los helechos. A algunos de los afectados por las inundaciones no les habría venido mal quizás que los eucaliptos drenaran aún más agua. Si la alternativa al eucalipto es intentar la populicultura de media montaña, dentro de las especies de crecimiento rápido, es posible que se pueda mejorar algo, pero convendría distinguir entre los efectos achacables a la clase de árbol y los propiamente derivados de ciclos de producción demasiado cortos, basados en la utilización del capital biológico del suelo (patrimonio) más que en la capacidad natural de renovación del mismo (renta). Desde una perspectiva más amplia, volviendo al tempus social del que hablábamos antes, seguramente resulta preferible intentar, donde sea posible social y ecológicamente, el aprovechamiento como frutales de castaños y nogales a la producción de madera, y ésta a la de pasta de papel. Pero si la alternativa al eucalipto es la falta de arbolado y la erosión, más vale que, como diría Joaquín Costa, si viviera: «Que haya árboles... ¡aunque sean eucaliptos!».