LA LIBERACIÓN DEL MILENIO

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

27 dic 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

¡Por fin, no somos nadie! Ni capital europea de la cultura, ni destino de incontables millones de peregrinos, ni aspirantes a ninguna declaración de patrimonio universal, ni candidatos a organizar los Juegos Olímpicos del 2012. «¡Nada de nada!», como decía la malograda Cecilia. Y eso nos va a permitir mirar por nuestras cosas, dejar que descanse el bombo que proclama nuestros milagros, y hacer un repaso minucioso de nuestras cuentas, para saber si van mejor los que trabajan y hacen política como Dios manda, o los que optamos por ir rezando detrás de Moisés, hacia la tierra de promisión. Para mí no es una casualidad que el tercer milenio empiece con esta puesta a cero, pinchando el globo en el que hemos viajado los últimos años del siglo XX, y poniendo al descubierto los fallos de la rutilante estrella de neón y cartón piedra que más de una vez se presentó a sí misma como paradigma de Europa. Porque al final llegan los jodidos números, con perdón, y dejan claro, una vez más, que tampoco aquí se atan los perros con longanizas, y que nadie se hace rico a base de estadísticas inventadas, verbenas serodias pagadas a precio de oro y tracas finales de fuegos artificiales. Ya sé, no me lo digan, que «fame non pasamos». Y hasta puedo admitir, como dice Díaz Pardo, que tenemos muchos más coches y teléfonos que en tiempos de la República. Pero eso no nos evita la desagradable sorpresa de ver como, mutatis mutandis, también el tercer milenio se abre con la llamativa información de que tenemos las pensiones más bajas de España, porque también tenemos los sueldos más bajos de España, que nos sitúan entre las rentas más bajas, que derivan de un bajo índice de productividad en todos los sectores. Por si fuese poco, también la estadística de infraestructuras y servicios nos viene a decir que seguimos a la cola de las autovías, los trenes e Internet, y que, hecho el cómputo general del bienestar, como hizo La Caixa, situamos a dos provincias entre los cuatro últimas, somos la región de cola en el conjunto, y no tenemos ninguna provincia que alcance la nota media de una España en la que, al lado de Madrid y Barcelona, también computan Soria y Teruel. ¿Que soy un pesimista? No se preocupe por eso, que bombo no le ha de faltar. Y aproveche este año ordinario -sin ciudades culturales ni xacobeos- para preguntar por las verdaderas cuentas. Porque si se fía de nuestra estadística, ni Baviera, la pobre, nos hace sombra.