VENTURA PÉREZ MARIÑO
24 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.Hoy se cumplen 40 años del asesinato en la República Dominicana, por orden del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo Molina, de las hermanas Minerva, María Teresa y Patria Mirabal, a instancias del más famoso y cruel de sus esbirros, Johnny Abbes García (un precursor del Montesinos peruano). El asesinato procedió de un desaire que Minerva Mirabal le hizo a Trujillo en un baile, espina que le quedó clavada al omnipotente déspota y que se enconó con la postura de militancia antitrujillista de las hermanas y sus esposos. En recuerdo de las Mirabal, la ONU ha fijado la fecha de su muerte como Día Internacional de la Violencia sobre las Mujeres, y la Comisaría Europea de Asuntos Sociales ha puesto en marcha la campaña de portar un lazo blanco, hoy, como expresión de la repulsa. La noticia reiterada de violencia sobre mujeres torturadas, asesinadas o, cuando menos, vejadas, se ha convertido en un hecho vulgar a fuerza de su repetición. Las causas son diversas: la mayor concienciación a la hora de denunciar (si pueden), la resistencia a aceptar por parte de los hombre una participación igualitaria de las mujeres, u otras; el caso es que se constata, sin ir a buscar en zonas de marginación, que la violencia contra las mujeres, niñas, esposas, novias..., es común. El presidente de Castilla-La Mancha y, más recientemente, el Ayuntamiento de Granada, han puesto en marcha iniciativas para divulgar la identidad de los violentos. Otros sugieren mayores penas, ya que las actuales, dicen, no evitan los delitos. No soy partidario de esas respuestas. La solución, siempre parcial, creo que ha de venir con prácticas preventivas, introduciendo en los colegios, en los trabajos, en la vida, la bondad y normalidad de la igualdad; con prácticas asistenciales, como socorrer a las víctimas, proporcionarles recursos para recuperarlas y reponerlas en su ser como personas, asegurando su seguridad futura. Y con una política represiva al perseguir judicialmente a los maltratadores, y que cumplan las condenas. Pero con todo, hemos de aceptar que el machismo, aun en una sociedad desarrollada, es un fenómeno de siglos, y su erradicación es cuestión de generaciones. Sin poner un hábito inquisitivo a los violentos, como algunos propugnan, pongámonos hoy un lazo, como expresión blanca de rechazo de la violencia física, casi siempre matonil, sobre aquéllas que no pueden defenderse; las hermanas Mirabal también se lo pondrían.