GAFAS Y FLEQUILLO

La Voz

OPINIÓN

GUILLERMO ESCRIGAS

22 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

Las muertes por terrorismo estremecen a todos los ciudadanos de bien. Los que hemos perdido a algún ser querido a causa de esa lacra tenemos sentimientos más intensos que nos acercan a los familiares de las víctimas. Anoche, cuando me enteré en mi casa de Ferrol de la última atrocidad, sufrí una fuerte conmoción. Retrocedía tres lustros en el tiempo. Veía en el hospital de La Paz al ministro de Sanidad, con sus inconfundibles gafas y su flequillo, darnos a mi madre y a mí la fatal confirmación de lo que ya sabíamos: ETA había asesinado a mi padre casi a la puerta de casa. Regresó a mis oídos el funesto estruendo de las balas que escuché desde casa. Y recordé a mi amigo Ernest, que dio la cara cuando lo más cómodo era esconderse. «El nacionalismo no es malo» Unos años más tarde nos vimos en Santander, en un curso de la UIMP. Cenamos y de nuevo me fascinó su talante conciliador. «Los partidos nacionalistas no son malos, sólo lo son cuando se convierten en sectas», dijo. Le comenté que, en el fondo, el terrorismo acaba siendo un problema privado, de las familias de los afectados. Terció con una profecía: «Es un problema público, porque cualquiera puede ser víctima». Ernest, tristemente tenías razón.