JOSÉ ANTONIO PONTE FAR, profesor
20 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.Parece que va en serio. El Gobierno está decidido a aumentar, en una hora semanal, el estudio de la Lengua y las Matemáticas en la ESO. El analfabetismo amenaza, como una epidemia general, en los centros de enseñanza secundaria. Ha saltado la alarma en los despachos oficiales, aunque los profesores hace tiempo que habían avisado de tan frustrante realidad. El problema existía realmente, y, desde ahora, ya existe también oficialmente. Algo es algo: reconocer la existencia de un problema es el primer paso para poder resolverlo. Pero me temo que el arreglo vaya a ser sólo un parche, y que, además, llegue tarde. La naturaleza de remiendo se sospecha porque esas horas de más para Lengua y Matemáticas se ganan a costa de unas asignaturas, Música y Plástica (¿por qué, por ejemplo, la Religión sigue con sus tres horas intocables?), sin que el criterio seguido se rija por razones lógicas ni pedagógicas. La iniciación a la música en estas edades, el aprender a escucharla, debiera ser tarea a desarrollar con atención y esmero en la escuela. En cuanto a lo de llegar tarde, me refiero, más que a los años que se ha tardado en rectificar, al hecho de que esta medida hay que aplicarla ya en la Enseñanza Primaria. Cuanto antes, mejor. Y en este punto, siempre recuerdo el contenido de una entrevista radiofónica que escuché, hace años, a un octogenario maestro italiano. Lo que decía aquel hombre tenía un sorprendente sentido común. Hablaba de que había ejercido siempre la docencia en un pueblo del centro de Italia, en una escuela pública, desde los duros años de la posguerra europea. Había llevado una lista rigurosa de todos los alumnos que habían estado más de dos años en su escuela. Siguió, en la mayoría de los casos, la trayectoria profesional de esos chicos. Y _lo decía con la satisfacción que da la constatación del trabajo bien hecho_ de esa escuela habían salido obreros muy cualificados, cargos medios en fábricas y grandes empresas, un alto número de líderes sindicales, curas, abogados, banqueros, también más de un ministro... Y daba nombres y apellidos. Hasta aquí, los buenos resultados de una vida de trabajo al servicio de la sociedad. Pero lo sorprendente está en lo que este maestro enseñaba a esos niños, desde los 6 a los 12 o 14 años: aprendían las cuatro reglas, y, después, leían, escribían y hablaban. De números, lo fundamental para defenderse. Por encima de todo, leer, comprender lo que se lee, escribir lo que se quiere decir, explicar oralmente lo que hay que exponer, aprender a argumentar razonadamente, aprender a sostener con palabras lo que se piensa... Estas fueron las grandes enseñanzas de un magnífico maestro. En vez de darles un pez cada día, les enseñó a pescar. Y lo que es más importante: a ser ciudadanos independientes y libres. Casi nada.