JOSÉ ANTONIO PONTE FAR
13 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.Todos los otoños, puntualmente como las castañas, llega a Ferrol José Hierro. Miembro desde hace veinte años del jurado del Premio de Poesía Esquío, aparece fiel a la cita para ayudar a seleccionar y saludar a los premiados. Su trayectoria personal y su calidad literaria avalan el premio. Conversar con escritores como Hierro es uno de los favores que tengo que agradecerle a la literatura. En su caso, además, la calidad humana y la artística se han aunado, combinación que no suele ser frecuente entre los creadores. Su obra poética es coherente con su vida, y caminó a la par de ella, porque hombre y poeta fueron siempre de la mano, recordándose recíprocamente que el ser humano no puede saltar fuera de su sombra. Su aspecto de antiguo guerrero de Gengis Khan, con su cabeza esculpida por la tozudez de los días y la fuerza del mar Cantábrico, con sus manos de campesino, abiertas y generosas como sarmientos, parece querer disimular su grandeza de espíritu y su sensibilidad. Por eso acertó quien lo comparó con un membrillo: áspero aspecto externo, pero dulce y tierno por dentro. Como cada uno de los últimos otoños, lo tengo delante, en este Ferrol con el que tan bien se identifica. Me llama la atención la viveza de esos ojos, que han visto ya desfilar ante ellos libros de poesía, ilusiones, todos los premios posibles, dolor, alegrías... es decir, una vida densa y apretada en sus 78 años. Queda esa tos agobiada, esa voz ronca de fumador histórico y bebedor de cazalla, ese corazón ardiente. Queda, afortunadamente, el hombre que siempre fue. Y queda, claro, el poeta. Ese poeta que es Hierro desde aquellos primeros libros de 1947: Tierra sin nosotros y Alegría (premio Adonais). Y queda su silencio de casi treinta años _de 1963 a 1991 no publica ninguna obra nueva_, que aprovechó para acompasar su voz al sentir de su corazón: también Hierro es un ejemplo en esto de callar cuando no se tiene mucho que decir. Desde su jubilación en 1987, dedicado ahora al cuidado de su finca con viñas y cipreses, la voz del poeta ha vuelto a sonar con la misma energía y con más sabias modulaciones. Este Cuaderno de Nueva York (1998) debiera ser un libro de texto para nuestros bachilleres. Es la confirmación de una trayectoria poética, en la que no hubo cabida ni para la avaricia ni para el odio, ni para lo falso ni para lo feo, ni para los sucedáneos ni para lo artificial. Hoy, José Hierro conserva la misma limpieza de mirada que le vio en el patio de la cárcel, en la que estuvo desde 1939 a 1944, un jefe militar en visita protocolaria a los presos republicanos, cuando, observando su desvalimiento juvenil, le preguntó desde cuándo estaba en la cárcel. «Desde que ustedes nos liberaron en Santander, señor», respondió. Autenticidad y dignidad. Siempre.