ARMAS Y LETRAS

La Voz

OPINIÓN

JOSÉ ANTONIO PONTE FAR

06 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

Cada vez que voy a la aldea y me encuentro con algún desajuste casero que hay que arreglar, siento terror: sé que esa minucia seguirá ahondando la fosa de mi desprestigio familiar, como trabajador manual y mañoso. Lo de la hierba, la maleza y demás trabajos contundentes, aún menos mal. Pero a medida que me meto en faenas más delicadas, el terreno se me vuelve movedizo. Y todo por bagatelas que pueden arreglarse con un alicates o un destornillador. Mi último fracaso tuvo un testigo de excepción: Pepe, un finísimo cantero, que estaba restaurando en la huerta un alpendre de piedra. Observaba de reojo mis afanes con un respeto escrupuloso a mis decepciones. Sagaz, amigo desde la escuela pública del pueblo, él sabe del magnetismo que ejerce sobre mí su pericia para todo lo manual. Y ni se da importancia. Mientras él hacía su trabajo sin esfuerzo y relajado, yo me pasé toda la mañana con un imposible arreglo de manguera. No fui capaz. La verdad, la cosa no era tan fácil, pues se trataba de dos mangueras de distinto grosor, que quería aprovechar para hacer una grande. Desplegué todo mi potencial de alicates, abrazaderas, destornilladores, martillos (por si hacían falta)... Pepe estaba muy próximo a mi desamparo. Cuando lo creyó oportuno, bajó del andamio, ordenó con coherencia dos piezas que yo estaba empeñado en meter al revés, apretó aquí, atornilló allá, y aquello era un manantial limpio y sin fisura. Ya al anochecer, cuando se iba, le dije, como distraído, que no tenía luz en una habitación. Subió sin rechistar, yo creo que sabedor de que me estaba ahorrando varios días de sinsabores. Pero, listo como siempre, me habló del ordenador que había visto en la sala, al pasar, y que, si no era molestia, podía yo escribir, mientras, un texto para mandarle por fax a un tío suyo, a Argentina. Cuestión de informarle de una finca que podía vender bien; una cifra, la de la oferta, y un ruego de rápida contestación: con el nuevo plan de urbanismo la gente tiene prisa en comprar y vender. Una cosa rápida, y le ahorraría tener que hacerlo al llegar a su casa... Vi el cielo abierto. Él peleaba con los cables; yo, con la carta. Era el ejemplo perfecto del comercio en especies. El arreglo de la luz se paga con una hoja escrita. Se podría adornar un texto tan soso con una atrevida metáfora, pero me limité a una discreta ironía a modo de despedida. Él encendió la luz y se iluminó la habitación. Yo le di la carta en un folio impecablemente impreso. Se lo leí de corrido. No dijo nada. Yo, tampoco. Pero quedé dudando sobre la importancia de lo uno y de lo otro. Fue una duda breve. Al oír las palabras de júbilo de mi hijo, que vio, al fin, luz en su habitación, supe de inmediato que lo importante es siempre lo importante.