LINEAS SECUNDARIAS / Blanco
25 sep 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Cuarenta años atrás, el universo descubría el nombre de algún nuevo desierto tejano con las explosiones controladas del último ingenio atómico. En el otro bando, Leónidas Breznev sacaba sus misiles a la plaza Roja para recordar a Occidente que a resguardo de los Urales había una bomba por cada capitalista. En las escuelas, los cromos de fútbol entraron en crisis; eran tiempos para que arrasaran las colecciones de soldados del Pacto de Varsovia o de destructores de la Sexta Flota. La brecha que agrandó el PNV en el País Vasco el día en que comenzó a guiñar el ojo a los asesinos recuerda un denominador común de la historia: la división en dos bandos; sea del planeta, del país, de la chousa o de la familia. Arzalluz emuló el domingo en Salburua las demostraciones de fuerza en Moscú de Breznev. El dirigente del PNV interpretó como una afrenta que miles de ciudadanos con apellidos de raíces vascas se sacudieran el sábado anterior en San Sebastián el miedo que los atenaza al grito de ¡Basta ya!. En vez de responder con misiles, el jesuita Arzalluz amenazó con sacar a los militantes de su partido a la calle. Otra vez la historia de los dos bandos: constitucionalistas frente a independentistas; conquistadores frente a conquistados. Nada sería tan grave si en las filas de uno de esos bandos no hubiese asesinos con pistola en ristre, y en las del otro, asesinados. Después de transcurridos tantos años como años tendrán los misiles que Breznev paseaba por la plaza Roja, una parte de la sociedad ha comenzado a recuperar una capacidad que semejaba perdida: la de emocionarse con los asesinatos. Y sale a la calle, y denuncia su falta de libertades, y se encara a las pandillas de adolescentes que queman autobuses y corean consignas con el mismo poso ideológico que las de los neonazis que patean inmigrantes. Entonces, el presidente del partido que gobierna el País Vasco al que pertenecen les da la espalda, les acusa de ser unos españolistas y les amenaza con sacar a sus huestes a las calles. Esta nueva reedición de los dos bandos tendrá matices, y no será aquí donde se critique la apuesta del PNV por hallar la solución a un conflicto endémico a través del diálogo con los violentos. Pero el gobierno o el partido que se enfrenta a quienes defienden la paz y claman por la libertad se deslegitima a sí mismo.