VIAJE AL FONDO DEL MAR

La Voz

OPINIÓN

ROBERTO L. BLANCO VALDÉS

19 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Casi nada sé de submarinos. Apenas que uno -el amarillo- dio título a la canción famosa de los Beatles, que las peripecias de otro -el Seaview- llenaron parte de los sueños de mi infancia, que la historia incomparable de un tercero -el Nautilus- ha permitido a muchas generaciones de lectores disfrutar de algunas de las páginas más apasionantes de la literatura universal y, en fin, que la caza del último submarino soviético -el Octubre Rojo- nos devolvió hace unos años el sabor del buen cine de aventuras. Quizá por eso, porque no sé nada del asunto, no he seguido con detalle la evolución del salvamento de ese monstruo de metal varado en el fondo del océano. Desearía, claro -¿cómo no?- que cuando usted lea este diario, sus titulares le anunciasen la buena nueva del rescate de sus 118 marineros. Pero aun el caso, al parecer ya poco probable cuando escribo, de que el final de la tragedia del Kursk fuera feliz, los días transcurridos desde que el buque se fue a pique han mostrado otra tragedia paralela: la que afecta a uno de los países más poblados, extensos y poderosos del planeta. Un país cuya clase política mantiene todavía, según se ha comprobado ahora urbi et orbe, algunas de las peores tradiciones de su pasado comunista: las de la más increíble incompetencia, absoluta opacidad informativa y arrogante chovinismo. Los datos que hemos ido conociendo son para poner los pelos de punta incluso a los forofos de la ex-patria socialista: la tardanza en dar publicidad al hundimiento; la falta total de ayuda e información a los familiares de los tripulantes afectados, que han debido trasladarse a Múrmanks por su cuenta, en algunos casos tras realizar colectas para el viaje; la inexistencia durante días de una lista oficial de los marineros embarcados; la negativa inicial a aceptar ayuda técnica extranjera; la trapallada de unos medios de rescate descuidados y obsoletos... y en medio de todo ello, la actitud impresentable del recién elegido presidente, que ha necesitado cuatro días para dar la cara ante sus atribulados ciudadanos. Es como si el viaje al fondo del mar del aparentemente todopoderoso submarino fuera una metáfora del viaje al fondo del abismo de un Estado que también tuvo en su día la pretensión de ser indestructible. De hecho, cuando acabe, ¡ojalá! que para bien, la aventura dramática del Kursk, aquel será ya lo mismo que el régimen político que lo puso a navegar: pura chatarra.