JOSÉ MANUEL ROMAY BECCARÍA
28 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Acabamos de perder a Carmen Martín Gaite. Autores muy autorizados han glosado estos días su personalidad y su obra. Mi homenaje quiere consistir en hacer partícipes a los lectores de La Voz de Galicia de algunos fragmentos del discurso que pronunció el 15 de octubre de 1988 cuando recibió de manos de Don Felipe de Borbón el premio Príncipe de Asturias. A mí me pareció un texto memorable; repartí centenares de copias entre amigos y conocidos a los que quise hacer partícipes de la misma fruición intelectual que a mí me había producido su lectura y eso es lo que quiero hacer hoy con mis lectores aunque por razones obvias no pueda reproducir aquí el discurso en su integridad. El título del discurso, «Dar palabra» era ya un acierto indiscutible. Atraído por este título tan sugerente y por la personalidad de la autora, me lancé ávido a su lectura. Premiada conjuntamente con un extraordinario poeta que también hemos perdido hace bien poco, José Ángel Valente, nos dice Carmen Martín Gaite al principio del discurso que había sentido una «primera perplejidad» cuando conoció que era ella «la encargada de hilvanar ese discurso» siendo así que «lo que sería de esperar de acuerdo con los estilos que presidieron mi educación de chica de provincias es que hablara el chico y la chica quedara en un discreto segundo plano, sorbiendo un gin-fizz y mirándole de reojo». Si no recuerdo mal, aquella era la primera ocasión en la que el propio Príncipe Don Felipe de Borbón, que estaba entrando en la mayoría de edad, hacía entrega de los premios que llevan su nombre. «Mi segunda perplejidad _dice nuestra autora_ me surgió al imaginar una situación como la presente que se vuelve insólita por la condición insólita del receptor de mis palabras; o sea que estoy dirigiéndome a un Príncipe». A la hora de preparar su discurso Carmen se había dado cuenta de que «entre los modelos literarios que podrían servirle de guía, el que resultaba más amable y menos encorsetado era el proporcionado por algunos cuentos de hadas, que Felipe de Borbón habría leído en su infancia como yo los leí en la mía _dice nuestra autora_ donde el príncipe es un ser humano como los demás de la fábula, con sus contradicciones, miedos y esperanzas, ansioso de ver y aprender cosas nuevas y que en muchos tramos del relato siente como un disfraz incómodo el manto de terciopelo con que el destino le carga». «Descartada por ello la retórica del laureado que se deshace en consideraciones sobre los inmerecidos laureles que el Príncipe le otorga, prefiero dirigirme a Felipe de Borbón, con su permiso _le dice la premiada, de una forma más serena, llana y también nostálgica_ como hablaría con cualquier joven de su edad». «Para mí _añade Carmen_ el Príncipe es un niño español al que he ido viendo crecer, convertirse en adolescente y entrar en la Universidad mientras se producían todos los cambios políticos, diplomáticos y económicos que han ido transformando la sociedad española a lo largo de 13 años, desde que su padre subiera al trono. Durante este tiempo yo, si dejar de ser espectadora fiel de esas mudanzas y víctima de las que afectan a mi propia vida, he seguido aferrada tercamente, como única aguja de navegar, a la pluma estilográfica que heredé de mi padre, llenando cuadernos con mi mejor letra y procurando que no me tiemble el pulso, como en mis tiempos de escolar aplicada». «Esta fidelidad a una vocación _sigue diciéndo_ aunque el término vocación esté más desprestigiado cada día, es el mayor privilegio que conservo, con tantos como la vida me ha arrebatado; la fe en la palabra y en el pensamiento. Y desde ese reducto, una especie de atalaya precaria y vulnerable, me atrevo a hablar al joven Felipe de Borbón, como si le lanzara un hilo de seda muy frágil, el único de que dispongo, para que lo recoja si lo tiene a bien». «Él _continúa Carmen, con palabras que conservan una asombrosa actualidad_ se va a enfrentar con una sociedad supertecnológica, dominada por las máquinas y los medios de comunicación de masas, por la prisa, por la violencia, por el afán desmedido de prosperidad material; una sociedad en el seno de cuyas aceleradas mutaciones se infiltra de forma cada vez más alarmante y descarada la convicción de que todo es negociable y de que no obedecer más que al logos, como nos enseñó Platón, es una conducta pasada de moda y que, desde luego, no trae cuenta. Y sin embargo, yo solamente puedo aceptar el honor que hoy se me concede si se considera como un premio a la perseverancia en esa conducta por denostada que esté, la que se rige por la obediencia al logos, o sea, a la palabra. Y no me estoy refiriendo solamente a la palabra dada, sino también a la recibida». «Quien tiene pasión por la palabra y está abierto a ella _nos dice a continuación_ recibe, tanto de los libros que lee como de las conversaciones que escucha, un continuo acicate que le tienta a participar en esta fiesta del lenguaje, una especia de savia que el entra por todos los poros y le induce a buscar siempre una expresión inteligible. Que los demás entiendan de verdad lo que uno dice, lo que quiere decir _si quiere decir algo_; no perderle la cara a la palabra, cuidarla como un tesoro, no dilapidarla, no prostituirla, no hablar por hablar. Y en este sentido, aunque no pueda decirse de forma diáfana cómo se aprende a escribir, sí sabemos que ese misterioso aprendizaje, que se inicia en la infancia, siempre se ha visto más fomentado por los textos o discursos que nos proponen preguntas que por aquellos que nos suministran infalibles respuestas». «La tarea del escritor _añade más adelante Carmen Martín Gaite_ es una aventura solitaria que conlleva todos los titubeos, riesgos y sorpresas propios de cualquier aventura». «Nadie lo ha dicho _asegura poco después nuestra autora_ de forma más emocionante que Teresa de Jesús», cuya festividad recordaba Carmen que se celebraba aquel día. «Ella _dice Carmen_ sí que partió de cero, ella que inventó sus propias normas porque aprendió a escribir para hacerse entender por monjas iletradas. Su escritura ejemplifica ese camino cuya exploración pone en juego la propia vida. Para acometer esa tarea de buscar el lenguaje apropiado, que a Santa Teresa se le planteaba como un combate, es menester _según sus propias palabras traídas muy oportunamente a colación por Carmen Martín Gaite_: ''Una grande y determinada determinación de no parar hasta llegar, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabaje lo que trabajare, murmure quien murmurare, siquiera me muera en el camino, siquiera se hunda el mundo''». «Ningún mensaje resumiría mejor que éste de la escritora abulense _y así termina nuestra autora su discurso_ lo que yo le deseo al Príncipe, como la hechicera de lo cuentos, en los umbrales de un mundo donde hay tantas libertades como servidumbres y tantas leyes como trampas: que no pierda la fe en la palabra, ni en la dada ni en la recibida, y que Santa Teresa le conceda una grande y determinada determinación». Carmen solía decir que de su padre había aprendido que existen dos clases de personas: las que nacen sabiendo y las que mueren aprendiendo y que ella, bien lo sabemos, era de estas segundas; nosotros podemos aprender siempre de Carmen Martín Gaite «la perseverancia en esa conducta que se rige por la obediencia al logos o sea, a la palabra, a la dada y a la recibida, y que Santa Teresa nos dé para ello «una grande y determinada determinación».