ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
17 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Estoy harto de oírle contar la anécdota a mi padre. Una piadosa dama del ropero _de las de velo, cirio y procesión_ solía pronunciarse en nuestro pueblo, durante las semanas posteriores a la sublevación de 1936, de una forma extremadamente clara y radical sobre la forma en que, a su juicio, habría de tratarse en la nueva situación a quienes, superando el terror de los paseos, se atrevían todavía a discutir la legitimidad del glorioso alzamiento nacional: ¡a ese se le pegan cuatro tiros y ya está!. Y ese podía ser _lo fue, de hecho, en muchos ocasiones a lo largo y ancho del país_ un antiguo amigo, el marido de una compañera de calceta o, tal era el caso, el hermano del vecino a cuya mesa se había sentado a comer veces y veces el hijo de la patriótica señora. Así, pegándole cuatro tiros al primero que se le cruzaba a quien mandaba en el camino, comenzó el episodio más dramático de nuestra moderna historia colectiva: casi cuatro décadas de dictadura nacionalista española autoritaria, que destrozó moralmente al país y a quienes lo habitaban, e introdujo una herida política, social y cultural que sólo estos últimos veinte años de consenso democrático han permitido superar. No es pues necesario plantear una ucronía para saber que podría suceder en el País Vasco en el futuro si los patriotas del pistoletazo por la espalda, o sus jaleadores o sus cómplices, llegarán a triunfar de cualquier modo: otro nacionalismo, ahora abertzale y euskaldun, se instalaría en los territorios sometidos, en los que los no afectos a la causa _también se decía así bajo el franquismo_ vivirían en un permanente Estado de excepción, decretado no ya _como ahora_ por una banda terrorista, sino por un gobierno que _como el de Franco_ sería auténticamente nacional. Porque nadie debería engañarse, ni engañarnos: la salida que ETA y sus compinches defienden para Euskadi no pasa en ningún caso, como cabría deducir de lo que afirman los defensores no violentos de la tesis del conflicto, por la desaparición de la banda terrorista una vez conseguido el objetivo independentista que la misma dice perseguir, sino por la instalación de un nuevo modelo de sociedad, donde las disputas se solucionarían eliminando simplemente a los que discrepasen con los nuevos gobernantes patrióticos. Un modelo de sociedad aterrador: el modelo cuatro tiros defendido en la vorágine de 1936 por aquella piadosa señora de mi pueblo.