JUAN JOSÉ RUIZ VARELA
13 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Lunes, 10 de julio de 2000. Valencia. 18.45 horas. Tren Alaris. Llegada a Madrid a las 22.15 horas. Diez servicios diarios. 180 minutos de viaje. 350 kilómetros. 5.700 pesetas en segunda clase; caramelitos, video, teléfono y bar. Martes, 12 de julio de 2000. Madrid. 21.30 horas. Tren Estrella. Llegada a Ferrol a las 09.10 horas. Un servicio diario. 760 minutos de viaje. 600 kilómetros. 13.200 pesetas cama; una botella _caliente_ de agua. Cuenta un veterano socialista asturiano que, en conversación con Felipe González y tratando un problema político local, Felipe le preguntó: «¿Cuántos indios tienes tú?», en referencia a la gente que lo apoyaba. También la alta velocidad es un asunto de indios. Las diferencias nacen del distinto número de indios que viajan, más que del «secular atraso de Galicia y su sometimiento a un estado centralista». Querámoslo o no, sólo somos 2.700.000 indios. El gran padre blanco nos va a modernizar con el caballo de hierro más veloz para que podamos integrarnos en la nueva realidad de la nueva economía del nuevo mundo, mientras nuestra red interna de transporte languidece entre el olvido de infraestructuras y servicios ferroviarios. Suena casi a invitación para que huyamos de la reserva, porque a nadie se le escapa que a estas alturas de final de siglo, el tren más veloz no va a ser motor de nada. La pescadilla esférica de las infraestructuras y el desarrollo ya ha resuelto su dilema: de nada sirven las primeras si no hay producción y consumo, en calidad, en cantidad, o en ambas a la vez. La alta velocidad favorece a un sector mínimo de la población _entre el que me encuentro_, que sale a menudo de la reserva. Por razones de competitividad más que de decencia, el camino se debería andar al revés, si no se pueden emprender ambos al mismo tiempo: renueva las infraestructuras internas, posibilita los desplazamientos interiores, potencia la concentración de la población en núcleos de más de 15.000 habitantes y ofrece, entonces, productos de calidad a nuestros visitantes y a nuestros indios. Pero el gran padre blanco, cargado de agua de fuego, desea que seamos veloces en la huida, y para garantizarlo, además de los tres aeropuertos comunicados por autopista (¡única reserva en Europa con tal lujo!), nos ofrece la alta velocidad para las personas, dejando al margen nuestras mercancías, que seguirán llegando con retraso a las tiendas de todo a 100 de Guasintón.