¿EL BESO DE LA MUERTE?

La Voz

OPINIÓN

ROBERTO BLANCO VALDÉS, catedrático de Derecho Constitucional

20 jun 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

La política es una de las pocas profesiones en que la veteranía suele acabar teniendo más inconvenientes que ventajas. Un médico, un electricista o un empresario ganan oficio con el tiempo, que mejora su pericia. Con los políticos ocurre casi siempre lo contrario: a medida que se profesionalizan, rutinizan su labor, y acaban por hacer del medio, fin. Tras muchos años en un cargo, los políticos abandonan su profesión originaria _si es que previamente la tenían_ y actúan dominados por la obsesión de mantener un puesto público que de instrumento se transforma en objetivo. Nadie como el filósofo Hans Magnus Enzensberger ha explicado las devastadoras consecuencias de esa profesionalización política, que supone «el adiós a la vida y el beso de la muerte»: el profesional de la política, explica Enzensberger, sólo se entera de lo que el filtro que lo protege deja pasar; sufre una privación de su lenguaje, al no poder decir lo que piensa más que en ambientes de absoluta confianza; pierde el dominio de su tiempo; y vive en un aislamiento social casi absoluto, en un autismo que «fundamenta su típico enajenamiento de la realidad y explica por qué él es normalmente, y con independencia de sus capacidades intelectuales, el último que se percata de qué es lo que está pasando en la realidad». A cualquiera que haya venido observando últimamente, por ejemplo, el comportamiento de los dirigentes del PSOE, todos ellos políticos que llevan muchos años en activo, le parecerá adecuado ese diagnóstico. Y es que el ejercicio ininterrumpido del poder _del que disfruta desde un modesto concejal hasta el presidente del Gobierno_ tiene un coste psicológico que para muchos individuos resulta insoportable. Piero Rocchini, psicólogo de la Cámara italiana, escribió hace años un libro que pronto se hizo célebre, La neurosis del poder, donde explicaba los daños, frecuentemente irreparables, del poder en la estructura personal de quienes lo disfrutan. Por eso, y aunque ningún medio ha dado la noticia en titulares, la decisión del PSC en su recién clausurado congreso de limitar a tres los mandatos de sus cargos públicos y orgánicos debe ser considerada importantísima. Es el sentido común el que inspira la medida: sólo por esa vía podrá evitarse que, antes o después, el ejercicio de una actividad indispensable en democracia termine por ser para sus protagonistas el adiós a la vida y el beso de la muerte.