Scott Walker, la voz de caoba

Fallece a los 76 años el cantante que pasó del éxito masivo con The Walker Brothers a convertirse en un cantante de culto que influyó en varias generaciones de artistas pop

Scott Walker pasó de ídolo para adolescentes en su juventud a ser un icono cultural
Scott Walker pasó de ídolo para adolescentes en su juventud a ser un icono cultural

Redacción / La Voz

Midge Ure, el guitarrista y cantante de Ultravox, se refería a él como «la voz de caoba»: Scott Walker, que acaba de fallecer a los 76 años, extraía de sus cuerdas vocales un magnetismo y una emoción que se convirtieron en la seña de identidad de su carrera. Una trayectoria que se inició a mediados de la década de los 60 con The Walker Brothers, el trío que formó en Los Ángeles con John Maus y Gary Leeds -pese al nombre, no eran hermanos-, y con el que conoció una fama comparable a la de los Beatles: el grupo se instaló en Londres en plena efervescencia pop y fue en el Reino Unido donde adquirió una celebridad mayor que en Estados Unidos.

Scott Walker, nacido en 1943 en Ohio, se hizo británico de adopción. Empapado por el cariz experimental y psicodélico que tomaba la escena pop londinense, el cantante empezó a componer sus propias canciones, con un estilo muy personal, apoyado en el carisma de su voz. En 1967 publicó su primer álbum en solitario, Scott, y en apenas un par de años entregó otros tres, titulados simplemente con su nombre y un número -1, 2, 3 y 4- que lo transformaron en uno de los vocalistas más influyentes entre contemporáneos y las generaciones que estaban por llegar. Apartándose conscientemente de esa popularidad anterior, el artista buscaba su inspiración en la obra de cineastas como Bergman, con canciones tituladas como sus películas: The Seventh Seal. El misterio que emanaba de su registro vocal se extendía a su vida privada, ya que Walker prefería vivir al margen de los focos, lo que no hizo más que espolear la curiosidad por su personalidad.

David Bowie fue uno de los primeros en reconocer su atractivo musical y, de hecho, se planeó una colaboración que no llegó a fraguarse. Fue en la década de los 90 cuando se cimentó el culto a Scott Walker, cuya huella sonora y de actitud se percibe en cantantes tan dispares como Thom Yorke (Radiohead) y Jarvis Cocker (Pulp). Stuart Staples (Tindersticks) y Neil Hannon (The Divine Comedy) están claramente en deuda con Walker, a quien homenajearon en público The Last Shadow Puppets, proyecto paralelo de Alex Turner (Arctic Monkeys), con las canciones y el sonido de su primer disco, claramente inspirado en las atmósferas de Walker.

Scott Walker volvió a reunir a sus «hermanos» a finales de los setenta pero, al contrario de otros músicos de épocas gloriosas que recurren a sus viejos éxitos para seguir a flote, no perdió nunca el radar de la creatividad. Discos como The Climate of Hunger (1984) y, sobre todo, The Drift (2006), presentaban al cantante en plena exploración y ampliación de sus límites creativos, que llevó aún más allá con la colaboración con un grupo en principio ajeno a sus planteamientos, el drone metal de Sun O))). Su último disco en solitario, Bish Bosch, del 2012, supone un cierre a sus últimos intentos experimentales y, a la postre, también de su carrera.

El cine no podía dejar pasar a una figura tan fascinante como la de Walker, que compuso varias bandas sonoras, la última, el año pasado, Vox Lux, protagonizada por Natalie Portman. Fue una de las aportaciones finales de quien pasó, como explicó el sello 4AD en el comunicado que daba noticia de su muerte, de «ídolo para adolescentes a icono cultural». 

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