Paseo por la toponimia más excéntrica

De lo aparentemente inexplicable a lo jocoso, el nomenclátor de Galicia es único por su riqueza


Redacción / la voz

Agua y posesión, esas son las claves de que los gallegos vivamos en el territorio más rico y diverso en toponimia, como mínimo, de toda España. El agua ha permitido desde tiempos inmemoriales que los moradores de Galicia pudieran construir su casa prácticamente en cualquier parte y, derivado de esa posibilidad, reforzaran el sentido de la posesión poniendo nombre a cada finca. «O que ten nome ten dono», recuerda el polígrafo Fernando Cabeza Quiles, estudioso y coleccionista de la toponimia gallega.

Y cuando hay abundancia suele haber diversidad. El Nomenclátor de Galicia tiene absolutamente de todo. El topónimo más popular es Igrexa. Hay 448 lugares en Galicia con ese nombre solo o compuesto. Y el latín es la lengua más influyente en las raíces toponímicas, antes de las germánicas y de las celtas. El origen de cada uno ya es otro cantar. Es fácil imaginar una historia por la que un lugar acabe llamándose Paidavella (Xermade) o Mullerboa (Campo Lameiro), pero, ¿cómo explicar que en Boiro o en Cabana de Bergantiños haya un lugar que se llama Exipto? «É unha advocación mariana», responde Cabeza Quiles. Se refiere a la Virgen en su huida a Egipto, recogida en una imagen custodiada en una ermita de la parroquia boirense. La madre de Dios se cayó del topónimo y los vecinos se quedaron muy a gusto con el evocador nombre del país de las pirámides. Tanto que construyeron una (pequeña) en la plaza del pueblo. Es similar el caso de Roma (Abadín, Barbadás, Zas) aunque no el de Gurugú (A Coruña), topónimo más moderno que refiere al monte que domina Melilla, en el que se libró una cruenta batalla en la que participaron varios vecinos de esa zona de la ciudad. Algunos de los topónimos más excéntricos responden a la pura rivalidad entre pueblos. Podría ser el caso de Nugallás, en Antas de Ulla, derivado del poco honroso calificativo de «nugallán». O de Mollarrabo, en A Estrada: «É posible -reflexiona Cabeza Quiles- que o topónimo faga referencia a un regato tan pequeno que só daba para mollar o rabo do animal». El nomenclátor guarda nombres de desagradable evocación como Lamapodre (O Saviñao), O Mexadeiro (Ortigueira) o Gatomorto (Pontevedra), pero también de todo lo contrario: Cariño, Carantoña (Miño, Lousame, Porto do Son, Vimianzo), Nirvana (Oleiros) o Paraíso (Boborás, Carral, Carballo, Dumbría, Ourense, Padrón, Portas y Ribeira de Piquín). En otros casos, como el celebrado Vilapene (Cospeito, O Corgo), o Ponte Amear (Dozón), solo la casualidad fonética los ha hecho populares.

¿Está en peligro toda esta riqueza con el invierno demográfico y el abandono del medio rural? «Se o topónimo non ten uso, claro que pode desaparecer», opina Cabeza Quiles, «aínda que ten que pasar moito tempo». Quizás no tanto porque, aunque el topónimo permanezca, si no hay nadie para pronunciarlo...

Vilapene, de la normalidad al cansancio

Vilapene es una parroquia del concello de Cospeito con los mismos problemas y los mismos encantos que decenas y decenas de parroquias del interior de Galicia. Eminentemente rural, está atravesada por el río Támega y, como curiosidad, alberga en su territorio una potente planta de embotellamiento de agua. Pero la verdadera curiosidad es el topónimo, proyectado en la señal a la entrada de la parroquia (aún sin normativizar: Villapene) que ha sido robada (y devuelta) en varias ocasiones solo para que los ladrones se echaran unas risas.

En la parroquia no es que les guste mucho comentar el asunto. Tras años de anonimato, el topónimo saltó a los medios después del primero de una serie de robos, y llegó hasta algún telediario. «Bah. A min o que me molesta é que rouben o sinal» dice Natividad, una señora de 80 años, nacida allí mismo. La opinión de esta mujer, que no le ve tanta gracia al nombre de la parroquia, es mayoritaria en Vilapene, donde nadie o casi nadie piensa en el sentido estricto del vocablo. Pero es indubitable que el topónimo tiene su reverso humorístico, y no siempre es motivo de orgullo. De hecho, en las etiquetas del agua que se embotella en la parroquia, la dirección que aparece ignora el nombre de la parroquia donde se asienta la instalación y lo sustituye por el aséptico «Ctra. Pino Km. 1,2. Cospeito».

No es este el caso de la otra empresa que estuvo radicada en la parroquia: «P y H Ingeniería». En un cartel desgastado por el sol figura como sede central Villapene, Cospeito. Y, a continuación, la dirección de una delegación en Madrid. «La empresa es de mi hijo y se ha trasladado a Lugo», aclara desde una ventana una señora, que también parece cansada de dar explicaciones sobre el jocoso nombre del lugar en el que vive.

Penius, el latino

Como se puede suponer, nada tiene que ver el topónimo con el atributo genital masculino. De acuerdo con la opinión del lingüista alemán Joseph M. Piel, el origen está en el nombre de pila de un latino que se asentó allí y que probablemente se llamaba Penius, dejando el nombre de vila penii (villa de Peni) a su hacienda, y de ahí su evolución hasta el nombre actual. Poco importa esa etimología cuando se va camino de una fiesta y se está dispuesto a todo, hasta a arrancar un cartel. «Aquí paran moito a sacar unha foto co sinal», explica un vecino que vive a pocos metros de letrero. Dice que solo hace un año que se mudó allí y no se da por aludido con el topónimo: «É a partir de alí. Aquí somos doutra parroquia», afirma, como escurriendo el bulto. José Rábade sí que vive en el centro de Vilapene: «Aquí aínda o tomamos un pouco a broma», opina cuando recuerda los días en los que el incidente del cartel llegó hasta algún telediario. «Pero non lle damos tanta importancia. Isto chámase así dende que teño uso de razón». Para demostrarlo, saca de casa un ejemplar del programa de fiestas de hace cuatro años, donde están incluidas algunas fotos antiguas de la parroquia. José comprende sin embargo que el topónimo provoque cierta hilaridad entre quienes están menos acostumbrados: «Cando colgamos o cartel das festas, a xente para a sacarse fotos».

Entre la normalidad con la que la mayoría de los vecinos se expresan y el cansancio que muestran otros después de tanta atención sobre el topónimo se teje una idea común: a ninguno le gustaría que el nombre cambiara. Así que Penius puede estar tranquilo. Su nombre permanecerá.

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