Oficios

Antón Grande

LUGO

No sé si es por la edad que los echo de menos, quizás porque muchos han desaparecido y a otros les veo poco futuro, el caso es que por veces noto la ausencia de oficios por los que he sentido aprecio.

Es el caso de las modistas, que no solo arreglaban cualquier vestimenta, sino que con el paso del tiempo eran como de la familia. Hace unos días compré un par de pantalones. Al pedir que les cortasen las perneras, me explican que tardarían unos ocho días ya que solo tenían una modista y no encontraban otra.

Otro oficio en la cuerda floja son los zapateros, llamados antes remendones, difícil de encontrar uno en la ciudad, aunque en este caso la culpa la tenga la gran variedad de precios del calzado que hace que en vez de repararlo, se tire y se compren otro nuevo.

Qué decir de oficios abundantes hasta no hace mucho como albañil, fontanero o electricista, difíciles de encontrar y los pocos que quedan, no se andan por las ramas a la hora de cobrar, además de ponernos a la cola y a esperar porque según afirman, no dan abasto con el trabajo que tienen.

Otros lugares entrañables paras mí eran las tiendas de barrio, que han sucumbido ante las grandes superficies o las cadenas de supermercados. Conozco y visito al menos dos supervivientes, una próxima a mi casa, en la rúa Tui, la otra situada en mi entrañable Recatelo, Comestibles Prado, que aún subsiste. No quedan prácticamente esos pequeños garitos, llamados entonces «carritos», como La Queta o los situados en el Paseo dos Tilos, en San Fernando, Rúa das Dulcerías, o Armañá, en donde se vendía desde tabaco a intercambio de cuentos y novela. Ahora solo son añoranzas.