Hace tiempo que no hablo de mi ventana, ni de mi almohada, ni de mi espejo que, insidioso, me vigila aquí, a la vera de mi cama. Y no es porque del Alto de Garabolos, mi barrio, no haya nada que contar… en absoluto; es porque me he exiliado voluntariamente y trasladado a la Ousá de Frigsa mi muy exiguo puesto de mando, integrado por mí, me, conmigo y yo. Nada más. Lo cual no implica que haya renegado de mis viejos colaboradores; no, qué va, al fin y al cabo los encuentro ahí a diario cuando vuelvo; es que aquí, tras estos grandes ventanales, sigo teniendo un aceptable control visual del Alto y estoy algo más cerca del centro urbano, con lo que los ecos del Concello le van llegando a mi flexible puesto con mayor intensidad.
Milagro, se dirán ustedes, ¿tocando este hombre temas del Concello? Pues sí, tienen razón. No suelo hablar mucho de política porque el fango no me va, pero de cuando en cuando hay que poner los guantes y bajar al silo. Como ahora, por ejemplo, con motivo de la moción esa que explosionó días atrás y aún andan por allí a la gresca. Una edil se pasa al Grupo Mixto -la bancada de los retales, como yo le digo- y ya tenemos lío, pues sentando allí su solitario culo el resto de la bancada está empatada. Sorpresas que da la vida, amigo.
Si el próximo 7M la infiltrada baja el pulgar, el grupo que gobernaba montará seguramente en cólera y se oirán los exabruptos hasta en A Garaballa. Es legal, al parecer, aunque de principios algo dudosos, pero si lo uno lo dicta la ley, lo otro yo me lo guiso y yo me lo como.
¿Saben el corolario?... Pues que si el asunto fuera al contrario, los que despotrican harían lo mismo. Modestia aparte, para esto yo no valgo. Ya les digo, bajar al silo no es lo mío.